Por Agustín Rela
Un hombre quiere volver a casa en su coche. Está en un barrio apartado, pero tiene clara noción de hacia dónde debe dirigirse: «Unos cinco kilómetros hacia allá, y unos dos para este otro lado».
Intenta hacer el recorrido en ángulo recto, pero la calle por la que avanza se le hace contramano y debe desviarse. Se aparta más de una cuadra del camino que llevaba, porque la primera paralela también es contramano; la otra está siendo arreglada, y después siguen otras dos calles contramano, como si por esa zona la gente sólo quisiera ir hacia un lado y no hacia el otro, y los casos como los de él fueran rarísimos y excepcionales. La calle que por fin encuentra útil para su propósito está bastante descuidada y polvorienta; al parecer no se usa muy a menudo. Cree ver en los transeúntes miradas de intriga, y le parece notar que se preguntan qué es lo que hace, y a dónde quiere ir.
Sigue con marcha veloz por la calleja, que se ensancha y se convierte en una populosa avenida, que en cierto punto se curva bastante hacia un lado. «¡Qué lástima!», se dice, «La calle se curva un poco para el lado opuesto al que tengo que tomar después». Pero no le da importancia, porque de todos modos se acerca a su casa. La avenida vuelve a curvarse levemente hacia el mismo lado que antes, y lo hace varias veces, con lo que comienza a creer que está marchando en dirección opuesta a la que lo lleva a su hogar.
«¡Me perdí!», exclama. Pregunta a varias personas, pero todos le responden (CON) señas inciertas y confusas. Afortunadamente la noche es clara, y puede orientarse con las estrellas y la luna. Pero las calles por las que avanza se interrumpen siempre en vías de ferrocarril oblicuas y curvas, difíciles de seguirlas para hallar un paso a nivel, túnel o puente que permita cruzarlas. A veces terminan cortadas por una transversal, que al tomarla muere en un oscuro rincón lleno de coches estacionados y contenedores de escombros.
Comienza a perder la calma. Le queda mucho combustible, pero calcula que si el viaje de regreso ya le está llevando el triple de los kilómetros que estimaba recorrer, bien podría ocurrir que cualquier estimación actual, aun la más generosa, resulte afectada por igual error, y quede así perdido en un solitario y oscuro camino, sin gasolina, teléfono ni ayuda.
«Ya sé qué hacer», reflexiona, «Dejaré el coche estacionado aquí, anotaré la dirección y me iré a mi casa en ómnibus, tren o taxi. Si marcho a pie no habrá barreras que me detengan, ni carteles de contramano que deba obedecer y ni siquiera tendré obstáculo en las alambradas del ferrocarril, a las que puedo treparme para cruzar». Camina durante largo rato, hasta que por fin aparece una estación, con la boletería ya cerrada a esa hora tan avanzada de la madrugada. Decide esperar el tren y viajar sin boleto (el improbable inspector entenderá razones), pero el único convoy que pasa en dos horas es uno que no se detiene.
¿Cómo terminó todo este episodio? ¿Llegó a su casa o no el pobre sujeto? La verdad es que no; jamás. Pasaron varios días en los que deambulaba, tomaba trenes, hacía combinaciones con micros, volvía a donde había dejado el coche, y nada: no podía acercarse a su casa ni un metro más que lo que ya había conseguido. Los habitantes del barrio no sabían siquiera cómo se cruza al otro lado de las vías, y expresaban al respecto muy vagas y dudosas ideas.
Pasaron los días; tuvo que tomar un cuartito en un hotel de ínfima categoría y comprar un poco de ropa para poder cambiarse. Casualmente hubo en el ascensor un desperfecto que él se ofreció a reparar, y como lo hizo con éxito insistieron hasta obligarle a aceptar un pago por su trabajo. Cundió por el barrio la noticia de que era un electricista competente, y no pudo rehusarse a atender múltiples pedidos de reparación de ascensores, bombeadores de agua, y hasta complejos equipos electrónicos.
Prosperó, compró una casita a pocas cuadras del hotel que le había dado la tan preciada primera hospitalidad, se hizo de amigos, conoció a una excelente mujer con la que se casó y tuvo hijos, y no sólo abandonó el intento de cruzar las vías y dirigirse a su anterior vivienda sino que, cuando salía a las tardes a tomar el fresco en la vereda, llegó a intercambiar con sus ocasionales compañeros de charla intrigados comentarios cada vez que algún conductor despistado preguntaba por los mismos caminos y referencias por las que él mismo había clamado pocos años atrás.
Con el tiempo maduró, acrecentó su experiencia y se perfeccionó en su formación profesional; sus hijos se hicieron hombres y mujeres de bien y de provecho y viajó por el mundo para atender los negocios de la importante empresa que había consolidado.
En uno de sus regresos, el aparato en el que volaba debió aterrizar en un aeropuerto alternativo, pues el internacional que correspondía a la ciudad había sufrido daños por una tormenta. Tomó un taxi, y fue muy grande su sorpresa cuando vio que el vehículo pasaba por su mismísimo antiguo barrio en el que dejó a su primera familia, trabajo y vivienda y al que nunca había podido regresar. Con lágrimas de emoción dio un billete al taxista y le pidió que aguardara. Tocó el timbre en su casa, pero no lo reconocieron, y la persona que abrió la puerta pareció no entender sus razones, y le cerró con temor o disgusto. Caminó unas cuadras arriba y abajo, se emocionó al ver los antiguos lugares en los que había vivido, sintió extrañas y dolorosas sensaciones ante los cambios que notaba en las fachadas y el pavimento, y se sentó en un bar. El mozo parecía un extranjero recién llegado, porque no le entendió su pedido, pero por señas pudo indicarle que quería una cerveza.
En cierto instante, comprobó con alarma que todas las personas del bar hablaban un idioma desconocido, algo parecido al rumano, y que no entendía los textos de los carteles. Cuando quiso pagar no le aceptaron el dinero que tenía; jamás había visto antes los billetes de curso legal que le mostraban como válidos ni conocía a los próceres que los ilustraban. Le aceptaron dólares.
Volvió al taxi y prosiguió su viaje sin sobresaltos. No hizo el menor esfuerzo por memorizar el camino que cruzaba las vías.
De todos modos, se
trataba de una avenida de mano única.
31/Ene/93 - 22:25.