Por José Luis Solís
Mario y Jorge Del Solar atravesaron a pie la inmensa puerta del cementerio de la Chacarita que da a la Avenida Jorge Newbery. A medida que avanzaban sobre la calle empedrada, Mario Del Solar, empleado municipal de 9 a 16 e intelectual autodidacta el resto del día, pensó, no sin un dejo de humor, que algún día entraría por última vez en el cementerio, pero esa vez envuelto en madera y sin flores en la mano.
La tarde era apacible y cálida, la calma del cementerio
armonizaba con el canto de los pájaros y la pronta llegada de la
primavera. Mario se entretuvo mirando las cruces y las flores que se extendían
al sol hasta perderse de vista.
Recitó para sus adentros aquellas líneas que había
memorizado en su juventud:
"La primavera reía sobre las tumbas, cantaba en
el
buche de los pájaros, ardía en los
retoños vegetales,
proclamaba entre cruces y epitafios su jubilosa
incredulidad acerca de la muerte."
Caminaban despacio, con una especie de ceremonial lentitud mortuoria. Mario miró a su hermano que con las flores en la mano, poco a poco iba asumiendo ese rol de congoja con que solía enfrentar la tumba de su madre los cada vez más espaciados domingos de las visitas.
Mario intentó contar las tumbas queriendo calcular cuantas cabrían por manzana; observó las que tenían flores frescas, las que tenían flores viejas y resecas, las que estaban tal cual las habían dejado luego de que arrojaran sobre el difunto, las diez paladas reglamentarias de tierra. Por último estaban las infaltables flores artificiales que tanto le desagradaban. Volvió a mirar a su hermano y se preguntó por qué tenía que ser tan trágico. A él en cambio, el cementerio le parecía un lugar perfectamente apacible, además, mamá había muerto hacía ya dos años, así que no había porque ponerse tan mal. Pensó que quizás Jorge se sentía mejor asumiendo ese papel. Así, una visita de vez en cuando al cementerio, lo liberaba del peso de los recuerdos y del sentimiento de culpa. Clavó su mirada en los adoquines y pensó en su antigüedad, las alcantarillas y aquellas misteriosas tapas de madera hicieron pensar a Mario en un misterioso mundo subterráneo dentro del cementerios. Elevó su vista hacia las sepulturas e imaginó que en ese mismo instante, en ese lugar apacible, un hervidero subterráneo de gusanos procedía a cobrarse en nombre de la naturaleza, las deudas de aquellos pobres despojos humanos.
¿Por qué su hermano llevaba siempre las flores? Esa vez las había comprado él, sin embargo Jorge se las había sacado de las manos como si le correspondiera a él llevarlas. “¿Será que así siente aminorar su dolor? – Pensó - ¿ O se pensará que nuestra madre era sólo su madre? “
Volvió a mirar las tumbas, ya se estaban acercando a la "doble", esa que tanto le había llamado la atención el día del entierro. Estaba muy cuidada y eso alegró a Mario, para quien el hecho de cuidar las tumbas era un acto noble. A medida que se fueron acercando comenzó a leer la inscripción de la placa colocada sobre la única cruz que presidía esa tumba de dos plazas: " Mamita y papito, tus hijos que te quieren y no te olvidarán". Pensó en un accidente automovilístico o algo por el estilo, imaginó a esos hijos, adolescentes seguramente, homenajeando a sus padres con tanto afecto. No sabía bien por qué, e insistía en preguntárselo, esa tumba le resultaba tan llena de alegría.
Giró la cabeza y Jorge seguía allí, con su mirada clavada en las chimeneas del crematorio y las flores a la altura de su mentón marcando lenta y acompasadamente el paso como en los funerales de un emperador. Lo incomodaba su silencio y esa manera que tenía de multiplicar geométricamente la angustia a medida que avanzaba. Jorge no miraba las tumbas, no se percataba de la existencia de los otros muertos. Era increíble la forma en que preservaba su individualidad en medio de todo lo que lo rodeaba. Lo había visto en el hospital, cuando mamá agonizaba; nada de lo que ocurría alrededor de su cama parecía interesarle o conmoverlo. Todo lo contrario a él, que no podía reprimir su curiosidad y sociabilidad hasta en los momentos más íntimos y difíciles. Sin embargo no se veía demasiado diferente a su hermano, salvo allí, en el cementerio y en todas aquellas situaciones que requieren de una fuerza especial de la razón y la sensatez. Como en el día del entierro, cuando Jorge era una baba de lágrimas, un perfecto inválido anímico y Mario se había hecho cargo de todo; tramites en la cochería, reconocer el cadáver, conseguir la sepultura... Palpó con su mano derecha el morral de lona verde que colgaba de su hombro, notó la dureza del metal y de inmediato rompió el silencio.
- Menos mal que trajimos la tijera de podar, espero que no estén muy largos los yuyos.
- La última vez que vine - dijo Jorge volviendo de su silencio - arranqué unas matas de un metro de alto.
- En una de esas nos conviene darle unos mangos al cuidador, así no tenemos que andar haciendo de jardineros.
- Hay que venir por la mañana - dijo Jorge como queriendo terminar con la conversación - y yo no tengo tiempo.
Mario Del Solar, hombre soltero y amplio de pensamiento, se sintió más liviano, había podido matizar la procesión con algunas palabras. En cierta forma era arrancarle un poco de la exclusividad necrológica a Jorge, que parecía sentirse el único hijo de su madre. Aparte, no se explicaba por qué su hermano insistía en pedirle que lo acompañara los domingos - cada vez más espaciados - al cementerio, a él no le gustaba ir los domingos, prefería ir en la semana, cuando la tarde empieza a caer y hay muy poca gente. Gustaba dejar flores a su madre y luego pasear por entre las bóvedas y panteones históricos, pararse un rato ante la tumba de los hermanos Decaro o en la de Luis Sandrini. También gustaba de darse una vuelta por el osario común y pasearse leyendo las tremendas inscripciones dejadas por los deudos entre velas consumidas y horrendos olores a quemado. En cambio Jorge negaba todo eso, era aséptico, simple y esquemático, iba al cementerio como quien va al baño; hacía rápido el trabajo sucio y salía corriendo sin mirar hacia los costados. Negaba todo aquello que en el cementerio representaba la vida y la continuidad histórica de la especie, mientras Mario lo veía como el lugar de comunión con sus muertos, como un templo que la ciudad había levantado a sus antepasados.
Estuvo tentado de comentarle a Jorge todo eso, pero seguramente le diría que estaba loco. Pensó en Marechal y en la iglesia de San Bernardo, junto a la cual se había detenido antes de asistir al entierro, por que en ese momento sintió ganas de ser Adán Buenosayres y poder comulgar con algo que estuviera lo suficientemente alejado de la razón, como para explicarse por qué la gente tenía que morirse. Rememoró aquellas locas fantasías de las primeras visitas, mientras se comía un choripán en la parrilla que está sobre la estación del subte de cara al paredón de Chacarita: los muertos escapando del cementerio el día del Juicio Final, en una fresca tarde de invierno, confusos y desorientados caminando con sus mortajas raídas y sus brazos hacia adelante por el Parque Los Andes.
- A lo mejor, la semana que viene me doy una vuelta - comentó Mario al ver que faltaban pocos metros para llegar al enterratorio lindero con al crematorio - y arreglo con el cuidador.
Llegaron a la tumba de su madre. Como había hecho siempre desde que ella había muerto, leyó la inscripción colocada sobre la cruz de mármol, para luego dar una mirada general al conjunto de la sepultura. No sin fastidio observó algunas cagaditas de pájaro sobre la cruz, el pasto estaba reseco y amontonado en total desorden. Jorge a su lado en cuclillas, se dedicó a sacar los manojos de tallos resecos de los floreros de alambre, recuerdos de la última y remota visita, Mario extrajo la tijera de podar del morral de lona verde que colgaba de su hombro y se la pasó a su hermano, quien concienzudamente comenzó el trabajo de jardinería con ese mismo orden y parsimonia con que reparaba los autos en su taller mecánico.
Mario aprovechó entonces para mirar la tumba y hacerse todas las preguntas existenciales de rutina y se esforzó por imaginar qué cosa habría en ese momento bajo esos palmos de tierra cultivada. Alzó la cabeza y barrió la zona con su mirada; poca gente visitaba las tumbas a pesar de ser domingo. " Ya no es lo de antes", pensó y se detuvo en la tumba contigua a la de su madre. Ese era su entretenimiento habitual, tratar de imaginar quién había sido ese extraño vecino con el que los restos de su madre compartían la tierra. El vecino de la izquierda estaba totalmente abandonado, a tal punto que uno imaginaba su tumba tan sólo por la presencia de la cruz de madera provista por la Municipalidad. La tierra estaba tan hundida, que Mario se cuidaba bien de no pisarla, recordando esa historia que le había contado un amigo, que hallándose de visita en el cementerio de Villegas, había pisado una tumba y había "seguido de largo" con su pie, hundiéndose en la tierra hasta la rodilla, ya que, como le habían contado, los sepultureros rompen las tapas de los féretros para acelerar el proceso natural y eso hace que los huecos de tierra a veces cedan. El de la derecha (ambos varones) no andaba tan mal, hacía un año que le habían construido una elegante sepultura en mármol que simulaba una capilla y habían plantado una pequeña mata de flores en el centro del jardincito. Pero ahora el abandono había hecho estragos; en su florero unos tallos resecos hasta el hartazgo y unas matas de yuyos de un metro de alto testimoniaban un prolongado abandono.
- Está quedando lindo - dijo Mario a Jorge que ya estaba recortando las orillas.
- Si - contestó Jorge ahora más animado - ahora la cuestión es que vengamos una vez al mes para mantenerlo. Lástima que esté tan reseco.
- No te hagas problema, cuando llegue la primavera va a reverdecer. Ahora voy a traer un poco de agua así lo regamos.
Mario rebuscó entre las tumbas hasta encontrar un frasco vacío y luego se dirigió hacia la canilla para llenarlo de agua. Abrió la válvula y le dio varios golpes para que el agua fluyera. Una vez lleno el frasco, caminó hasta la tumba, su hermano ya estaba recogiendo los restos de pasto cortado, colocándolos en el papel con que el florista les había envuelto las flores, hizo un bollo y lo tiró en la basura. Mario regó como pudo, desparramando chorritos de agua sobre el jardincito, cuidándose muy bien de no pisar el territorio del vecino de la izquierda. Volvió a por más agua, cuando vio que por su mismo corredor, una mujer delgada y de cabello negro avanzaba, con un inmenso ramo de flores rojas y blanca que apenas podía cargar. Pasó a su lado y siguió en dirección a la tumba de su madre, en donde Jorge se disponía, parado ceremoniosamente frente a la tumba y con las manos cruzadas sobre la ingle, a su habitual y solitaria compunción. La mujer pasó detrás de él y se acuclilló delante de la tumba del vecino de la derecha. Automáticamente y sin que mediara transición alguna, Jorge salió disparado en dirección a las canillas en donde Mario se había quedado con el frasco bajo la canilla desbordando agua.
- Justo vienen a joder ahora - masculló Jorge de mal humor-
- Tiene derecho como cualquiera - dijo Mario cerrando la canilla -.
- Bueno, yo me voy - dijo Jorge -
- Yo voy a terminar de regar y me quedo un ratito, andá para la puerta y esperame en el auto.
Su hermano se alejó en dirección a Jorge Newbery y Mario se quedó observando a la nueva visitante. Era una morocha de cabellos largos y ondulados, tendría unos 38 o 40 años, era bastante delgada y estaba vestida con jeans negro y un pulover rojo. Se quedó observando y disfrutando de algo que había fantaseado muchisimas veces; conocer a los deudos del vecino de la derecha, esos que luego de abandonar la tumba del difunto durante todo un año, un buen día lo agasajaron con un primoroso monumento de mármol y pasto para luego volver a abandonarlo.
¿Esposa, hermana, hija, simple conocida? Descartó la última alternativa debido al exagerado tamaño del ramo de flores, calculó que le habría costado unos 20 pesos más o menos, suma muy elevada para un simple conocido que encima está muerto. Con el frasco en la mano caminó hacia la tumba de su madre, mientras observaba a aquella mujer que luchaba inútilmente por arrancar los inmensos yuyos. Se inclinó para rociar la tumba mientras la observaba
- ¿Me permite? - preguntó Mario tomando el yuyo mayor que se asemejaba a un bonsái gigante y arrancándolo sin mucho esfuerzo.
Ella se puso de pie y lo miró mientras arrancaba las matas sin mucha dificultad. Era un hombre de unos cuarenta y cinco anos, con el cabello bastante canoso y muy delgado. Nada especial, un tipo de esos metidos que una encuentra en todas partes.
- Muchas gracias - dijo ella desenvolviendo las flores, sin fijar en ningún momento su mirada en la de él -.
- Es increíble como crecen estas porquerías en tan poco tiempo- comentó Mario intentando fijar su mirada en los ojos de ella -.
- No es poco tiempo, hace meses que no viene nadie.
Mario guardó silencio y se paró un instante delante de la tumba de su madre, mirando de reojo a la mujer que en cuclillas colocaba las flores dejando traslucir el nacimiento de sus pechos debajo de la blusa.
- A mí me pasa lo mismo - comentó Mario - cada vez vengo menos seguido.
Ella no contestó, siguió colocando las flores con mucha paciencia. Sorpresivamente giró la cabeza y clavó una mirada oscura y fría en los ojos de Mario, para luego volver a las flores.
- Yo vivo afuera, por eso vengo tan poco - dijo ella como al pasar - .
- Claro... - contestó Mario -.
Ella terminó de ordenar las flores y se puso de pie, llevaba colgada una cartera de cuero negro, y sin el ramo de flores en la mano parecía mucho más delgada. Colocó sus manos delante de su vientre e inclinó la cabeza en actitud de meditación. Mario la imitó mientras de reojo observaba su rostro; estaba surcado de finas arrugas y sus labios parecían rechazar el excesivo rush por falta de acostumbramiento. "Vive afuera" pensó Mario, imaginó que sería de algún pueblo de la Provincia de Buenos Aires, se la imaginó tomando un tren en retiro con una valija llena de regalos mientras el fresco de la pampa le azotaba el rostro a través de la ventanilla. La soltería pesaba a veces sobre los pensamientos de Mario del Solar, empleado municipal de 47 años, porteño por nacimiento y convicción, hombre de Almagro desde que aquella, que hoy yace bajo tierra lo parió. No se trataba de una cuestión de abstinencias sexuales; Mario era un asiduo concurrente a los saunas de Primera Junta y el Centro. Además, de vez en cuando se echaba un polvito con una antigua compañera de colegio cuyo matrimonio no llegaba a satisfacerla. No, se trataba de una cuestión más trascendental, algo que allí, en el Cementerio parecía coagularse perversamente. Principio y fin, y en el medio de eso una transición a la que llamamos vida y una posibilidad de dejar algo más que un vago recuerdo entre los amigos y vecinos.
Mario pensó en estas cosas mientras miraba de reojo esas finas arrugas y esos labios que se negaban al rush. También pensó en decirle algo, en comentarle sobre su madre y los muertos y la familia y la vida. Pero no lo hizo, simplemente se marchó, caminó por el pasillo hasta la esquina de los baños públicos que dan a los nichos nuevos. Se paró un instante, arrepentido de su cobardía e indecisión, miró hacia la tumba de su madre y ella seguía parada allí. Era de afuera, por eso venía poco, él venía poco y sentía que con el tiempo ya no vendría más, por lo menos mientras estuviera vivo. Ni siquiera sabía su nombre, si era casada y tenía hijos, si era de la Provincia de Buenos Aires o de Santa Fe o Entre Ríos. Ya no importaba demasiado, la puerta de Jorge Newbery estaba a escasos metros y su hermano se veía impaciente dentro del auto. Volvió la cabeza una vez más, a lo lejos vio a la extraña tumba doble y sintió que esa sería la última vez que caminaría esa calle.
- ¿Qué te pasó que tardaste tanto? - preguntó Jorge de mal humor a la vez que ponía en marcha el Fiat 1500.
- No, nada, solamente me quedé un rato.