TRES DE UN PAR PERFECTO

Por José Luis Solis
 

Me he sentido particularmente impresionado por dos trípticos de Francis Bacon; la serie dedicada al Inocencio X de Velázquez y “Tres estudios de figuras junto a una Crucifixión. 1944 . Aquí va un comentario sobre ambas obras.

1. Inocencio X

Dicen los comentaristas especializados que Bacon sufrió una especie de obsesión por el Inocencio X de Velázquez. Esta obsesión se transformó en obras y se extiende a lo largo de doce años, entre 1949 y 1962.
El primer ensayo titulado Cabeza VI, rescata solo algunos rasgos del Inocencio que nos guían hacia la intención del pintor. Se trata de la pequeña capa de seda púrpura y del cuello blanco del sacerdote; mantiene el reposo de los brazos, los pliegues de la tela y la posición exacta del cuello. El cambio, comienza en la cabeza (título de la obra) y es allí en donde quiero detenerme.
El Inocencio X de Velázquez tiene la compleja virtud de armonizar el relajamiento del cuerpo con la dureza de la mirada del Papa. Los ojos del Inocencio de Velázquez son la acabada representación de la dureza y extremada conciencia de un hombre poderoso, duro; un hombre de estado. Detrás de la mirada de Inocencio hay mil quinientos años de cristianismo, de cultura occidental, de piedad, de sangre. Está sentado en el trono de Pedro, cumbre del poder terrenal; Vicario de Cristo en la tierra. Esta imagen de Inocencio no tiene nada de piadosa, de santidad. Velázquez se ocupó bien de dejar sentado que ese es un hombre poderoso, firme en su silla como una montaña, lúcido y consciente en su cabeza; la imagen del poder y del orden. Me resulta imposible reprimir un ligero temblor, una ligera angustia ante esa imagen.
Bacon comienza por la cabeza, comienza destrozándola, quitándole los ojos y con ello el poder de la mirada. Le quita las orejas provocando le espantosa mueca del grito primario, un grito de espanto incontenible, desgarrado. La cabeza destrozada es la conciencia destrozada, es el poder corrompido y exterminado. Sin embargo, la montaña queda casi ilesa, sólo varía su fondo y la encierra dentro de una delimitación de líneas que hacen pensar en una vitrina de museo.
Digamos que Bacon comienza a rescatar el Inocencio X de Velázquez destruyendo en él lo que tiene de contemporáneo a su factura y colocándolo dentro de una vitrina. Luego continuará la obra.
 En 1953 culmina Estudio según el retrato del papa Inocencio X en donde retoma la obra de Velázquez en su totalidad. Reproduce la figura casi en todos sus detalle, completa la cabeza aunque mantiene la mueca del grito, ahora menos desgarrador, quizás más rígido; la rigidez cadavérica de los muertos. Aquí, aplica una técnica de placas radiográficas que produce un efecto de velo entre el espectador y la figura del papa. Es indudable que Bacon había encontrado algo que aún no había logrado expresar del todo. Este estudio es menos violento que el anterior y más completo. Sin embargo, la clave parece estar en la forma en que el trono, que es la base de esa montaña, se va desintegrando en líneas elementales, líneas brillantes, amarilla que parecen tener movimiento.

El velo quizás represente ese obstáculo con que los contemporáneos alcanzamos a ver la época de Velázquez, ese inevitable obstáculo que es el olvido y la imposibilidad de vivenciar algo que ocurrió antes de nuestra existencia. Intuimos un pasado y soñamos un futuro, pero sólo contamos con el presente y las migajas de la historia y los sueños. En este trabajo Bacon parece haber quería enterrar para siempre al Inocencio X de Velázquez y con ello a su obsesión. El conjunto es espectral, el relajamiento mandíbula es el de un cadáver y el velo que lo cubre recuerda esa elemental prohibición que los vivos nos imponemos de gozar de los cadáveres.

 En Estudio según Inocencio X de 1962 ocurre algo diferente. Es probable que la obsesión de Bacon encuentre aquí una solución definitiva. No me avergüenza decir que considero a esta obra una verdadera representación de la esencia. Del original, sólo conserva el gorro y la pequeña capa, el cuerpo a pasado a ser apenas una serie de curvas que se asemeja más a una estatuilla o al tronco seco de un árbol. La silla ha desaparecido bajo formas modernas que mezclan armoniosamente las líneas rectas con los bordes redondeados. Es una pintura que transmite la paz de lo muerto y enterrado, del duelo concluido y elaborado. Ha conservado lo mejor del papa, quitándole lo que el paso del tiempo y la evolución de la cultura le hacían sobrar.

Si bien la serie de los Inocencio X no puede considerarse un tríptico en el sentido clásico, sí lo es el sentido estricto de la obra de Bacon. Resulta imposible leerlos independientemente. Como en la edad media, se constituyen en una narración, una forma de contar algo a través del lenguaje pictórico. La serie de los Inocencio X no relata simplemente una obsesión artística sino que se constituye en una partícula de la forma en que los modos de expresión se han desarrollado en nuestra cultura durante los últimos 500 años. Bacon descubrió en algún momento de su vida que había un gran obstáculo en la figura que le impedía ir más allá de la forma convencional. Pero a diferencia de otros pintores moderno que desecharon la figura, Bacon se puso entonces a destrozarla , y la serie de los Inocencio es un fiel testimonio de ese proceso de la búsqueda del Bacon y de la pintura moderna.

2) . Tres estudios de figuras junto a una Crucifixión

En Tres estudios de figuras junto a una Crucifixión. 1944 Bacon retoma dos formas clásicas, una de narración y otra de tragedia. Bacon sabía que detrás de las formas y las creencias del pasado, podía encontrar o rescatar el halo de tragedia que cruza la existencia humana y su sangrienta historia. A la resignificación del Inocencia X de Velázquez, a las tauromaquias  y a los paisajes de Van Gogh, agrega la Crucifixión como tragedia humana característica de Occidente.
Bacon sostuvo “Siempre  me han afectado  las imágenes relacionadas con los mataderos y la carne, y para mi está estrechamente vinculadas con todo lo que es la Crucifixión.”  Por supuesto, la pena de la crucifixión es tan cruel, tan sanguinaria, que aun nos cuesta comprender como pudo tratarse de la forma más común de ejecución de reos en todo el mundo antiguo. Es muy probable que la idea de éste  suplicio haya surgido de la forma de exponer los cadáveres de los animales muertos para su desangre antes de ser faenados. Esta práctica de crucifixión es la que Bacon observa en las carnicería y en los mataderos y lo lleva a un dilema que por su simpleza es tan difícil de resolver; si con los animales compartimos el hecho de ser carne, nervios y huesos, ¿por qué aceptamos el matadero?  “sin duda, somos carne, somos esqueletos en potencia. Si voy al carnicero, siempre me sorprende no estar allí, en lugar del animal”
Pero a lo largo de la historia el hombre no ha tenido problemas en igualar o superara la crueldad de los  animales más feroces, aplicándola en sus propios congéneres. Sin embargo la crucifixión tiene la particularidad de condensar en sí la tragedia y la santidad. Se trata de un horror sagrado centrado en la crucifixión de Jesucristo, que fue la crucifixión que caracteriza y condena al olvido al resto.
El uso del numero tres tiene en esta obra por lo menos una doble aplicación; según los evangelios, Jesús fue crucificado junto a dos ladrones y la tradición histórica siempre ubica a los ladrones a izquierda y derecha de Jesús. Por lo tanto una crucifixión siempre está compuesta por tres figuras. También fue tradición representar esta tragedia mediante trípticos. En ambos casos la construcción de tres figuras permitía exaltar la de Jesús, por estar en el centro especialmente.
Pero Bacon conserva bastante poco de la tradición figurativa y se queda con lo necesario; las tres figuras y la idea del dolor y el desgarramiento. La crucifixión provocaba una larga y agónica muerte compuesta por múltiples factores, pero la muerte de Jesús fue básicamente por desgarramiento, que es una forma de dolor que solo puede ser trasmitido a otros mediante gritos o mediante gestos. La falta de miembros de las figuras parece representar la angustia del aprisionamiento; los condenados son privados de la posibilidad de resistirse al suplicio, sólo cuentan con la posibilidad del grito y el clamor.
Quizás la Crucifixión puede ser leía como una símbolo capaz de condensar todo el dolor, toda la culpa y toda la piedad. Es probable que la crucifixión haya sido de las penas más despiadadas ya que consistía en dejar al condenado morir por hambre y sed privándolo de sus posibilidades de movimiento, a lo que se sumaba el dolor del desgarramiento de los miembros por su posición antinatural. El reo dependía de la piedad de sus verdugos o de algún viajero (generalmente se crucificaba a la vera de los caminos) para encontrar una muerte rápida
Esta idea de desesperación está plasmada claramente en la obra de Bacon, especialmente en la figura central y la izquierda en donde el grito de desesperación se constituye en el centro de atención para el espectador.
 
 

“...el gran tema de la Crucifixión, en el que, en otros tiempos se concentraba toda la ética, toda la religión, véase incluso toda la historia de occidente, se transforma en Bacon en un simple escándalo fisiológico.[...]  Relacionar a Jesús clavado en la cruz con los mataderos y con el miedo de los animales podría parecer un sacrilegio. Pero Bacon no es creyente y la noción de sacrilegio no encuentra cabida en su manera de pensar; según él el hombre cae en la cuenta ahora de que es un accidente, de que es un ser desprovisto de sentido, de que tiene que jugar sin razón el juego hasta el final [...]  No, nada de sacrilegio; más bien una mirada lúcida, triste, pensativa y que intenta penetrar hacia lo esencial. Y ¿qué es lo que se revela como esencial cuando todos los sueños sociales se han desvanecido y cuando el hombre ve cómo las posibilidades religiosas... se anulan totalmente para él?
 El hombre se debate en el sinsentido de su existencia, teniendo como única premisa su miedo a la muerte y la extraña e inquebrantable voluntad de derrotarla alguna vez. En medio de ese sinsentido, de esa suprema ignorancia; como Jesús, nos disponemos a jugar el juego hasta el fina; a apurar la copa hasta las heces.