Borges por Néstor Montenegro.

Por Luis Thonis
 

La obra de Borges resultará siempre exterior a  las políticas culturales, porque es ajena a la idea de un proyecto común. La única comunidad que plantea es una afinidad de lecturas, donde cada uno puede dispararse hacia donde (le) mejor le guste y  cuyos resultados pueden ir desde analizar o compartir ciertos chistes a plantear problemas donde la teología puede ir de la mano de la literatura fantástica. Ha habido determinados usos de Borges en la cultura argentina, desde el mojigato que tiende a ver en él un hombre serio hasta el político y poco serio que prevaleció en la década del setenta, que oponía a Borges con Roberto Arlt, significando, tras el velo de la ideología, uno la izquierda y otro la derecha, Boedo y Florida respectivamente. Es la lectura típica de las vanguardias que Borges recusa leyendo una antología expresionista: el único autor que le parece interesante es un tal Franz Kafka, quien precisamente no pertenece al grupo expresionista.
Néstor Montenegro no ignora que cada argentino tiene una relación peculiar con Borges, el rechazo incluido. Ha escrito la suya en un libro anterior titulado Diálogos y el presente puede tomarse como una continuación. Borges ya no vive, pero nos habla y Montenegro es un interlocutor que no busca la contradicción o la falla en el escritor que interroga o conversa; tampoco, trata de corregirlo o adecuarlo a la opinión vigente y cambiante del momento, de un mundo que en parte de ha vuelto extraño. No se trata de un libro teórico, de especulación o de hipótesis de su obra. Tampoco es una biografía. Es una conversación diferida, con materiales biográficos acotados. Es un libro de calidad emotiva, que no ignora que la mala literatura está hecha de buenos sentimientos.
Borges se nos revela como alguien desconocido a través de memorias, y, escenas que van desde el recuerdo de su primer libro a la asistencia de Borges al juicio de los comandantes del proceso militar en 1985, pasando por la correspondencia con Alfonso Reyes, la admiración por Macedonio Fernández, cierto malestar con Girondo, la contribución de Adolfo Bioy Casares, el texto vibrante que escribió María Esther Vázquez en el momento de su muerte. Borges abunda en ocurrencias de tipo epigramático, indisociables de su estilo, como su opinión sobre el aborto: “Creo que debe legalizarse; la razón me dice que sí, el instinto, que no. Se dice que el aborto destruye la posibilidad de un Shakespeare; también la de un Macbeth”.
En Borges lo estético y lo ético están mezclados: no es un moralista ni un esteticista. Su obra, marcada por dobles que son uno, como el Judas que es Jesús según uno de sus heresiarcas, marca cierta instancia de la ley, haciendo de lo idéntico algo contrario al principio de identidad. Me refiero a Las tres versiones de Judas, donde Runeberg no dice: si Judas no hubiera existido no habría habido redentor. Su exégesis tendenciosa pero aguda argumenta que las mayores condenaciones bíblicas, propias de los mártires no pueden tener sino como objeto a Judas, que hace con el espíritu- eligiendo esas culpas no visitadas por ninguna virtud, como el abuso de confianza- lo que los ascetas hacen con la carne al envilecerla. Judas es para este exégeta,  el redentor donde viene a abolirse el salvador de la ortodoxia, el mismo Jesús. Es su procedimiento de simetrías invertidas donde el mismo es el otro que realiza -desde la mayor miseria- la obra de la redención. Si no hay un texto en juego, el narrador tendrá que instituirlo, especialmente cuando se trate de una realidad bien profana y argentina, sea en el caso de El hombre de la esquina Rosada o en el Evangelio de San Marcos. En un caso, un ser anónimo se convierte en cuchillero, para restituir el código del coraje, vaciado por el irreal Rosendo; en el otro, el estudiante de nombre Espinosa, les da a los gauchos analfabetos de una estancia perdida, el relato de la crucifixión de Cristo, que funciona como referencia y puesta en escena para que puedan matarlo por su aventura con la hija del capataz. Esta relación entre el código, la ley y el valor- ostensible en cuentos como El sur- es legible en su lectura de Carriego donde sospecha que cualquier vida humana “consta en realidad de un momento; el momento en el que el hombre sabe para siempre quién es.” Pero la identidad es puesta en crisis por su tratamiento de lo idéntico y  su literatura sustrae al ser- al querer ser más- de su plenitud, mostrando su imposibilidad: no se trata de realizar el ser sino de tener una relación con la falta.
El paraíso acaso sea el lugar donde no pasa nada y donde no hay mucho que decir, salvo en la lengua de los ángeles. En el infierno es la nada misma que pasa y  a Borges le interesa uno de sus atributos: la irrealidad “que parece mitigar sus  terrores y que los agrava tal vez”. Esta irrealidad agravada está en sus ficciones que se codean oblicuamente con la historia argentina que ya desde sus orígenes le aparece como una serie de crónicas policiales de datos falsificados. La ficción de Borges suspende esta historia- relato. En su obra abundan las conspiraciones y las conjuras, pero en un orden inverso a la teoría del complot que reduce la historia a las intenciones de sus actores. Si algo nos muestra esta literatura “ apolítica” es que hechos históricos como las revoluciones son los períodos más oscuros de la historia, ahí donde la metafísica o la ideología ocultan a los actores el sentido del drama, su escritura inflexiona un teatro de inversiones.
En el universo sobrecargado de la historia- relato cada fenómeno histórico es percibido como la expresión de una voluntad y todo suele reducirse a un conflicto entre los buenos y los malos, los clarividentes y los oscurantistas. Poco vale que un Marx haya dicho que los hombres hacen la historia, pero no saben la historia que hacen. Los hechos graves- responde Emma Zunz a Marx- están fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como tronchado por el porvenir, ya que no parecen consecutivas las partes que lo forman”.
Emma Zunz sabe en quien venga la muerte de su padre, pero no sabe por qué- eligiendo al hombre que le repugna para “no mitigar el horror” al entregarse- necesita de ese rito, de esa violencia a su carne. Tiene que inventarse un odio con un hombre, pasar por él, dejar de pertenecer al padre para poder vengarlo.
Borges no ignora que la historia argentina es la tensión y  la lucha por instaurar un texto- llamémosle constitución- desde la revolución de Mayo. Siempre hay que retomar el artículo de Mariano Moreno respecto de La Misión del Congreso- que nunca llegará a realizarse- donde propone dirimir qué sistema se quiere, si monárquico o republicano, que evitaría esos miles de golpes de estado dados por los hombres de principios según Alberdi. Instaurar un texto, un código, para saber de qué estamos hablando. Esta ausencia es la que reproduce la irrealidad y sus crónicas de infamia, como en el caso del incivil maestro de ceremonias- Kotsuké no Suké: “ En vano propusieron ese decoro- la ejecución- a su ánimo servil. Era varón inaccesible al honor. A la mañana tuvieron que degollarlo”.
Si esto sucede en el Japón antiguo, donde dice Montesquieu que las leyes eran tan severas que nadie las cumplía, puede pensarse qué puede ocurrir en una país joven, de tradiciones coloniales burocráticas, donde las ideas recibidas transitan vertiginosamente de un extremo a otro para reconocer que están más preparadas  para un caudillo- rey, que gobierne para el pueblo con la supresión de las libertades. El argentino suele ser simultáneamente monárquico y anarquista y cada oficialismo inventa su propia oposición. Borges no quiso que en nuestro país todo histórico sea el inicio de una novela policial interminable- los ejemplos más escandalosos están en la muerte de Moreno o en la propia bandera argentina -, hizo uso de esta materia, pero no como muchos relatos de la última década que hacen un empleo revisionista de la ficción para rescribir una historia a su medida  sino que parte de Paul Groussac que afirmó que podía hacerse cualquier clase de ficción que se quisiera con la historia, siempre que no se contradiga cualquier dato comprobado.
Borges, como hombre es también producto de una historia; así, en el 55, cree escuchar la voz de Mayo durante la revolución libertadora.
A mi entender si algo causó la interminable reinvención y metamorfosis del peronismo fue ese golpe sangriento contra un régimen en plena decadencia y la persecución que hizo de sus militantes. El peronismo que  fue el reverso de la oligarquía y tomó sus rasgos más deplorables. Sucede que en las formas de democracia directa, sin delegación, donde cesa la división de poderes, las voluntades no tienen otra contención que la figura del Líder, hay siempre, como lo ha mostrado Furet, una oligarquía oculta.
Eso volvió al peronismo el hecho borgeano- más que maldito- por excelencia de la historia argentina, con características alucinatorias como la teoría del cerco de López Rega a Perón, pero sin su estilo y la anulación que subvierte los términos antinómicos, sean los de Jesús y Judas, sean los del traidor y el héroe.
El  libro de Montenegro nos reencuentra con el Borges de la década de los ochenta, un Borges republicano, en el sentido de contrario a las dictaduras, aunque no deja de entrever las defecciones de la democracia, donde sin embargo reside una cualidad: es el único sistema político que ha reconocido ser el peor de todos, en tanto, creo, la Verdad o la Solución con mayúscula, propia a las dictaduras, está ausente. Y lo político en este libro no deja de tener un rasgo de parábola a lo Borges: sucede cuando el autor, Montenegro, concurre con Borges al juicio a los comandantes de la Junta militar del 76, responsables de la mayor aberración del crimen político en la historia argentina
El mismo Borges que había comenzando condenado a  las dos clases de terrorismo por igual- al de Estado y al de la guerrilla-, escucha con horror el testimonio de un militante peronista- torturado en la ESMA-  y vislumbra de que se trata de algo mucho más complejo que dos demonios.
Cualquiera sea  la crítica, nunca realizada a los discursos de los años setenta- se habla de ideales, pero no  del objetivo que perseguían, el de un estado absolutamente policial -  la responsabilidad por el exterminio incumbe al terrorismo de Estado.  El apestado que señala la peste suele resultar doblemente apestoso. No puede haber dos demonios porque el demonio mismo ha muerto o ha sido asesinado: su objetivo, no lo olvidemos, era “espiritual”, quería robarle a uno el alma, o sea que creía en ella.
Se vislumbra un nuevo universo, que ya no es el de Jesús y Judas, el de la reiteración de lo idéntico mediante simetrías invertidas- el del traidor y el héroe, el del guapo y del cobarde, que la ficción de Borges instituye- no el de los dobles sino el de la duplicación multiplicada y sin nombre, anunciada por Montenegro al final de su conversación con Bioy, cuando se refiere a su relato Máscaras Venecianas, que “con esa brillante capacidad para descomponer la realidad, Bioy se anticipa varios años a la temática de la clonación de los seres vivos”.
En este libro la interlocución apunta no al gran hombre que roza la leyenda sino al tímido autor de unos cuentos, unos ensayos y unos poemas, que la vida del hombre no puede explicar ni agotar, aunque sus frases, ocurrencias y dichos que leemos, vienen a sumarse a ella.
Néstor Montenegro,  sabe cuándo suspender lo anecdótico y pasar a lo literario y viceversa, con un tono de voz, que se aparta del fetichismo de los textos y asume una primera persona que con pasión convoca otras tantas voces de un diálogo con una obra que pide el olvido pero no la amnesia, en un libro al que se quisiera continuar leyendo.

Acerca del libro Borges por los siglos de los siglos de Néstor Montenegro, editorial Simurg 1999.