Por Gabriela Nacach
Armoniosa, tentativa, divagaba
por los cielos eternos. Llenaba su espacio con sentimientos; plausibles
de ser delicados
Y su pasar era el cielo.
Caminando entre ciudades
de papel diseñadas por los hombres etéreos, aquéllos
que tenían sensibilidad.
Macándira, nombre
de flor y suavidad, ternura. Solía llorar de emoción
y cuando era el sol, gustaba de posarse en el verde.
El café de fin de siglo
era su debilidad más las miradas de los hombres paseándose
por su avenida; y en su piel una murga se oía. Palpitada.
Sólo un rato de fuego.
Una delicia. Pluma en medio de
rocas, veíasela bailar por las calles.
Joven, edad incierta, cabellos
castaños, curvas marcadas y un misterio en su mirar.
Enigmática.
Lo criminal era no verla pasar.
Tan sí. Tan ella. Bastaba
Para seguirla con la mirada.
Caótica. Reverencial.
Morena ella, su piel reanimaba
las cenizas del anochecer. Fogata ardiente. Corazón en llamas.
Salía a caminar por las
puertas del espacio, de madrugada y al anochecer; el cielo en crisis la
devoraba.
Su calle, Buenos Aires, su ciudad,
Palermo.
La destreza de su sexo
El calor de su hoguera
La ternura de su andar.
Presa de ademanes exóticos,
transitaba por su existencia esperando el amor.
Soñador. Sensiblero. Amador.
Corazón asfixiado de pena.
Soledad. Archivo eterno de pasión.
Nacida como por encanto, vislumbraba
en sí un futuro espejismo.
Rebelde en su enigma, aunque su
corazón de algún modo se regía por el andar de los
relojes en pena. Por tal, soñaba con ese sentimiento que le hiciera
saltar los malditos instrumentos horarios, que rompiera sus estructuras
abigarradas, y la hiciese encantada.
No conocía los altos honores.
Ya dicho; joven, aún pequeña, inventaba encontrarlo en algún
momento.
Diversificada, su luna extravagante
de a ratos, conquistaba.
Abriendo sus grandes ojos, Macándira
buscaba con la mirada aquello que la hiciera especial.
Una noche, hermosa ella, venía
por la cuesta Macándira sosegada de sueños.
No traía un semblante conquistador,
es verdad, pero había en su mirar cierto aire de misterio que la
hacía entretenida.
Fue sólo un instante, el
que hizo que sus tripas se sacudieran de golpe y en su garganta se agolparan
todos los cafés del día.
La estaban observando.
Levantó la cabeza y, al
verlo, se sonrojó. Pensó en la posibilidad de ser amada para
siempre por alguien al que solamente había echado un vistazo.
Cruzándose las miradas,
se detuvieron un instante. El calor se apoderó de su cuerpo y el
aire otoñal la sofocó.
Rondó por su aire un cierto
halo de pasión que reprimió bajando los ojos.
Dios, que linda estaba.
Su paso se transformó con
un aire en algo eternamente sensual y provocador. Gustaba de insinuarse,
moviendo las caderas y soltando al aire su largo pelo castaño.
Habrán sido siglos, o un
lapso tan pequeño que hizo que ambos estuviesen caminando casi pegados.
Un nombre, un abrazo, un teléfono,
y toda una expectativa que la habrá de mantener en vilo toda la
noche que vendrá.
Y el día siguiente, y el
subsiguiente. Más no hubo un llamado que reparara su dolor.
Es que ponía tanto en el
afuera, que al mirarse hacia sí, no veía más que desencuentro.
Sin embargo, no perdió su
belleza, y aquél hombre que tanto la quería, volvió
a ella.
Él, religión de por
medio, la adoraba. Grande, aún joven, la probaba todo el tiempo.
Y Macándira lo único
que quería era su voz. Suave y redonda, relajada.
Le contó de esta pasión
instantánea y él la entendió. Nunca la había
retenido, y no la retenía ahora.
Al contrario, reavivaba sus sueños
de seductora y así, Macándira se enamoraba en cada esquina.
Nicolás vivía en
una casa abierta al mundo. Mas su verdadero hogar eran las plazas y los
cafecitos.
El humor de Macándira
variaba constantemente. Y Nicolás siempre la sostenía. Finaliza
el siglo XX, éste es tu año, le vaticinaba con ternura. Y
salían a caminar juntos por el mundo.
Qué suave cuando dormían
juntos. Ella solía llevarse un libro o papel y lápiz para
escribir y, como Nicolás dormía hasta tarde, Macándira
con orgullo preparaba mate y al leer comía alguna factura.
A su despertar, aún era
de noche. Y lo que más gustaba era recostarse contra el espejo vidriado
de las ventanas desnudas y sentir en su cuerpo el calor del sol asomando.
El cortejo la esperaba.
La luz le auguraba proyectos. Y,
entera, despertaba a Nicolás con tibios besos en sus manos.
Era la necesidad de un cafecito
en el bar a la vuelta.