“De todos los remordimientos del hombre el más cruel es, tal vez, el de lo incumplido”.
Marguerite Yourcenar

Durante 1998 me encontré trabajando con la imagen de Ernesto Guevara muerto. Utilicé las últimas fotos de Valle Grande y trabajé sobre ellas la cuestión anatómica inherente a cualquier ser humano. Por medio del collage y del fotograbado llegué a una serie de imágenes reconocibles que presenté bajo el título “La Lección de Anatomía”.
Paralelamente se iban dibujando los dos cadáveres, los cuerpos.
 
 

En el taller de Grabado: la imagen de Ernesto Guevara más hombre y menos mito fue desarrollada en una serie de 16 chapas y presentada finalmente sobre una gran mesa; cada una estaba velada con un lienzo liviano y constaba de distinto tipo de incisiones quirúrgicas y estudios anatómicos sobre el cuerpo del “Che” Guevara apuntando a un fin científico. Implícitamente era este también el hombre sin muerte que canta Silvio Rodríguez, el hombre muerto pero sin muerte.
Para descubrir las chapas debían utilizarse guantes de cirugía y se percibía cierto clima sacrílego en el ambiente a medida que las chapas eran descubiertas.
En lo fáctico (puesto en obra) actuaba movido por la imagen, por sobre la escritura, porque la carga de concepto de la imagen misma escapaba al discurso. El lenguaje de la gráfico se mueve en ese canal multívoco del que habla Eco, excediendo en significado al artista mismo, se torna entonces ambiguo si esa red de significados que el artista entretejió en torno a la imagen no la contiene a su vez (digo contener, no abarcar).

Había actuado durante ese año con el cuerpo del Che, ahora debía ir a su reconocimiento movido cada vez más por el deseo.
Decidí entregar mi obra de Ernesto Guevara de mano en mano, como quien devuelve algo a la tierra de la que es dueño.
Produje 40 cuadernillos con las imágenes de “La Lección de Anatomía” sobre el cuerpo de Valle Grande y los fui entregando por Potosí, La Paz, Copachabana y en Valle Grande, parado frente al piletón de lavandería que contuvo a Ernesto Guevara, deposité el último de los cuadernillos.
Así como Antígona desea enterrar a Polinices como su condición de posibilidad de ser, así yo como condición de “estar”, recorrí Bolivia, como quien intenta reconocer su propio cuerpo en otro.
¿Qué hacer con ese cuerpo, ese símbolo de belleza, ese cuerpo libro que es la obra del Che por lo tanto el Che mismo, su cadáver?. Muerte asumida a través de la belleza como una de las formas de lo imposible.
Sólo nos queda reconocer ese cuerpo como propio y enterrarlo.
En esa obra, en ese gesto, nos estamos jugando la existencia, la vida. Todos los días. Cualquier día.
 

        Jorge Pérez
          21/6/1999