Por Eduardo Sollazzo
Cuando Horace
Walpole escribe su novela “El Castillo de Otranto” (THE CASTLE OF OTRANTO)
hacia la década del ochenta en el Siglo XVIII, inauguró con
ésta, lo que hoy llamamos novela de género “gótico”.
En ella, se
nos describe desde el comienzo, de manera pormenorizada, las características
del terrible edificio protagonista de la obra: un gigantesco conglomerado
conformado por techos de altura inconcebible; arañas gigantescas
que cuelgan de éstos sobre las cabezas de quienes transitan sus
también descomunales aposentos; escaleras que conducen a los pisos
superiores conformadas por una interminable sucesión de escalones
rústicamente diseñados por quién sabe qué mente
desorbitada...
Giovanni Battista
Piranesi (1720 - 1778), vecino de la Venecia del siglo XVIII, arquitecto
de profesión y dibujante desorbitado por convicción, fundió
en sus trabajos diferentes argumentos estéticos que han influido
para la posteridad, tanto en las artes plásticas como en la literatura.
Y no es casual.
Sus “descripciones
de lugar”, esos inmensos manifiestos inmortales de una grandeza clásica
que lenta pero inexorablemente iba rumbo a la desintegración, nos
mueven a planteos estrechamente relacionados con los mismos viejos problemas
cuestionadores que han acechado al ser humano desde sus mismos albores:
la inmediatez del tiempo, la tremenda influencia del medio que rodea al
hombre...en fin, la imposibilidad del hombre de relacionarse con sus símbolos.
Cuando Piranesi
“ve” el pasado de la grandeza romana, nos la muestra...pero de una manera
algo deformada: no es lo que esperamos ver luego de habernos acercado a
voluminosos escritos donde se nos describe la belleza casi inmortal de
esos viejos monumentos dedicados a mejores dioses de tiempos heroicos.
Sus templos están cubiertos de espesa vegetación o deteriorados
desde sus propias bases, signo del paso irreductible del tiempo. Nos la
muestra, pero nos dice algo más.
Cuando el
veneciano describe las “carceri”, magnifica espacialmente esos oscuros
recintos donde nos imaginamos el dolor infligido a los condenados allí
alojados, quienes a tremenda distancia del suelo, encadenados a argollas
de recio metal, pueden ver por ventanales casi imperceptibles, “el afuera”,
el cielo inaccesible...
Ciertas figuras en Piranesi parecen no entender lo que observan: atónitamente señalan hacia algún punto en alguna camere sepolcrali, pretendiendo imaginar el significado de esa abyecta construcción. Nosotros, que observamos el conjunto (construcción y personajes) nos preguntamos qué infinita soledad atacó a Giovanni en el momento de confesar su obra.
La influencia
“literaria” de nuestro artista desencadenó una sucesión de
obras maestras, donde la descripción de los ambientes nos ahoga
y nos sumerge en ese embrollo de cosas superpuestas que poblaron ciertos
relatos de horror y fantasmas de los siglos XVIII y XIX. Nombres como los
del mencionado Walpole; Ann Radcliffe; Thomas De Quincey y otros, nos recuerdan
los escenarios del arquitecto.
Y si pensamos
que esos relatos intentaban mostrar ciertas angustias que les acontecían
a los hombres de su época; relatar el sufrimiento de las almas ante
temibles acechos externos, describiendo desoladamente el medio que los
rodeaba, basten estas palabras de De Quincey sobre “la conciencia trágica”
del grabador al equipararlo a las “cárceles” que acotan al hombre
moderno: “...en el suelo (de las vastas salas góticas), estaban
diseminadas toda suerte de máquinas, cables, poleas, ruedas, palancas,
catapultas, etc.; y, ayudándose a trepar sobre el escenario, estaba
Piranesi mismo; seguid el edificio un poco más hacia arriba y veréis
que se llega a un precipicio escarpado, sin ninguna balaustrada; y sin
embargo, no hay ningún medio de volver atrás. Hace falta
descender al fondo de los abismos...Pero levantad los ojos y veréis
una segunda huida todavía más hacia arriba; y aún
Piranesi permanece al borde del abismo. Levantad otra vez los ojos, y de
nuevo está Piranesi sobre el escenario más elevado; y así
hasta perderlo en las bóvedas tenebrosas de las salas...”
Quizás
conocemos más al artista veneciano por las obras de aquellos a quienes
ha influido, que por sus propios trabajos, pero es sumamente refrescante
acercarse a este visionario del siglo XVIII, que, luego de habérsele
encomendado el diseño de las nuevas redes cloacales para la ciudad
de Roma, describió el pasado glorioso de su cultura con cierto sabor
amargo de caída anunciada.
Los neoclásicos
habrían acusado de hereje a Giovanni al ver esas deformes proporciones
que proponía para “mostrar” la Magna Roma: el desequilibrado Coliseo,
es prueba de ello. Pero también es prueba del desafío que
propuso al ya moribundo arte barroco que se regodeaba en ciertas fórmulas
anquilosadas.
A mi entender,
la totalidad de la obra de Piranesi, puede resumirse en dos propuestas
bien definidas y diferenciadas entre sí:
La primera
es de carácter interno:
- En una sucesión
de grupos de obras: Carceri d’invenzione (su obra más importante);
Camere Sepolcrali, etc., se nos muestra un “paisaje” muy contemporáneo
en lo estético y en lo filosófico, ya que nos lleva a considerar
los apremiantes desafíos que debe enfrentar el hombre moderno: constantemente
estamos rodeados de altos muros que impiden que el cielo prometido se haga
realidad; unas veces por influencia de factores ajenos a nosotros, como
la salvaje doctrina del castigo corporal permanente; y otras por la irreversible
proximidad de la muerte. En este grupo de obras es donde se aprecia más
claramente la influencia sobre ciertas obras literarias compuestas con
posterioridad a su realización, como son los casos del ya citado
“El Castillo de Otranto” (Walpole); “Vathek” (obra de William Beckford;
éste, asimismo, exquisito coleccionista de obras de arte y difusor
de algunos grabados de Piranesi); “El Monje” (de Matthew Lewis; obra donde
se describe casi rayano al mal gusto las arbitrariedades [y atrocidades]
que su protagonista acomete contra diversas víctimas en los sótanos
de su castillo medieval) y otras. Es destacable mencionar que muchas de
estas obras, (que son las que con algo más de suerte han llegado
hasta nosotros), son en su mayoría de autores ingleses, demostrando
así la gran influencia que el grabador italiano infligió
a varios de ellos, sin olvidar mencionar a poetas como Percy Byshee Shelley
o Lord Byron y a ciertos autores franceses y alemanes del período
romántico como pueden ser Theophile Gautier entre los galos y Adelbert
von Chamisso y E.T.A. Hoffmann entre los germanos.
La segunda
propuesta es de carácter externo:
- Ésta
se encuentra representada por un número de grabados agrupados en
diversas series como: Vedute di Roma; Antichitá Romane dei Tempi
della Repubblica y Le Antichitá Romane, en las cuales se nos presentan
diversas “visiones” de ciertos templos, edificios y gigantescas avenidas
de la antigüedad, pero cuyas estructuras se encuentran ya devastadas
por el transcurso del tiempo. Pareciera que en éstas, se nos previene
acerca del efecto que el tiempo produce en las cosas que nos rodean, como
se aprecia en la serie de obras que componen los “paisajes” y construcciones
de la Antichitá Romane, como el Coliseo.
Así
como en otros tiempos, el gran Homero o Virgilio nos relataban los hechos
de los héroes, los cuales se desarrollaban en fantásticos
y voluptuosos escenarios conformados por templos, grandes casas y espacios
donde se desencadenaban valientes batallas; ahora, pareciera que el vidente
nos devuelve esos conocimientos, informándonos de lo ocurrido con
ellos, más de veinte siglos después.
Ya no se trata
de Pallas Atenea bajando al campo de batalla para ayudar a su preferido
Odiseo, sino más bien del deterioro de su Templo. Las avenidas principales
de las ciudades clásicas se han transformado en anquilosados vestigios
del pasado.
A través
de las diferentes edades de la humanidad, el artista ha sido testigo de
su tiempo, comunicando a los suyos y legando para la posteridad, los acontecimientos
sucedidos y las diversas fluctuaciones filosóficas, a fin que podamos
comprender, siquiera un poco mejor, ciertas actitudes que hoy nos parecen
algo vetustas cuando no ridículas. Piranesi y su obra, mirados en
retrospectiva nos indica hasta qué grado el hombre puede ser ese
vidente del que alguna vez habló Rimbaud, transformarse en el medium
necesario para transmitir su mensaje a los otros.