LOS ESPEJOS ROTOS

Por Eduardo Sollazzo
 
 
 

Sueño

María, la madre de Jesús, soñó tercamente esa noche.
Soñó que ese día había sido un sueño. Que su hijo entraría en ese preciso instante por la puerta y, abrazándola, la enteraría de su error.
Soñó que cuatro espejos se rompían bajo sus pies y que ninguno de ellos le infligía daño alguno. Eso soñó.
Y soñó luego que su hijo no entraba más por esa puerta.
Eso fue un presagio que debió alertarla, ya que después de eso despertó en un llanto.
Magdalena, que vigilaba con tristeza su descanso, la acunó en sus brazos hasta que el llanto cesó.
 
 
 
 

Vidrio

Contó su sueño inconcebible. Dijo que eso significaba, entonces, que su hijo, el Hijo del Señor, resucitaría de entre los muertos, como antes lo había hecho con Lázaro.
Espejos, dijo. Y todos miraron atónitos, sin saber lo que María quería decir con esa palabra.
"Resucitará –se dijo- para salvarnos y para salvarse".
"Vendrá y cortará las vendas, dijo, hará que los ojos vean. Cortará las vendas con vidrios del cielo".
 
 
 
 

El Hijo del Señor

Vino al tercer día, resucitado de entre los muertos, tal como María lo había asegurado. Vio que Su cara reflejaba alegría y entonces María no sintió tristeza grave, sino compasión hacia los incrédulos. Él vendrá, había dicho Su Madre. Y vino para dar luz cortando con vidrios las ataduras de los ojos.
Cristo, el Hijo de Dios, había nacido.