"La línea consta de un
número infinito de puntos;
el plano, de un número
infinito de líneas; el volumen,
de un número infinito
de planos; el hipervolumen,
de un número infinito
de volúmenes..."
Jorge Luis Borges
El Libro de Arena
En la novela "Memorias halladas en una bañera" de Stanislaw Lem, un hipotético arqueólogo del año 5000 DC narra la noticia sobre una plaga acontecida a finales del siglo XX , que culminó con la destrucción de nuestra civilización. La causa de tal catástrofe, era una extraña bacteria llegada desde el espacio exterior abordo de un satélite, que atacaba el papel convirtiéndolo en polvo. Lem bautizó a esta fantástica plaga como la "Papirólisis".
Difundida por todo el planeta, la Papirólisis barre con todos los registros de la cultura humana. Con el papel se pierden la historia, la técnica, la literatura, la ciencia y las identidades. La consecuencia es un hundimiento casi inmediato de la civilización. Luego de leer la novela (fue en 1985), reflexioné sobre la fragilidad del soporte material de nuestra increíblemente sofisticada civilización. Sentí una profunda envidia por Herodoto quien hizo tallar en los mármoles de un templo sus "Historias".
Los años han pasado y con ellos muchas cosas. Ya no me inquieta la idea de una "Papirólisis"; ha desaparecido este temor, ha sido reemplazado por otra inquietud aun mayor, quizás menos aterradora pero profundamente inquietante. La civilización marcha sin retorno hacia el nuevo soporte material de su cultura; la memoria digital electrónica. El material que soporta esa memoria es muchas veces más frágil que el papel en varios sentidos. Su dependencia estructural de la tecnología en su forma de máquina, lo compromete mucho más. Los nuevos soportes y transmisores (diskets, CDs, HD,s, fibra óptica, etc.) requieren para su reproducción de sofisticadísimos sistemas, haciendo inaccesibles el ingreso a la información a quien no posea dicha tecnología. El soporte en papel es mucho más autónomo, solo requiere de la capacidad de decodificar (leer) de los hombres. En pocos años, todo habitante del planeta necesitará de alguna forma de energía eléctrica para poder acceder al mundo; quien no tenga acceso, quedará marginado absolutamente. Un colapso energético mundial – nada descabellado ni imposible – tendría efectos aún más devastadores que la hoy irrisoria "Papirólisis". Al igual que los organismos vivos, nos hacemos más vulnerables en la medida en que nos complejizamos. Todo en el mundo tiende a adquirir carácter de red y quizás sea allí en donde residan nuestras esperanzas.
DEL PAPEL A LA ARENA
La revolución telemática comparte con
la gran revolución del neolítico un elemento en común;
el silicio. En la primera, la piedra de sílice fue transformada
en armas y herramientas, en la última, la arena purificada y transformada
en silicio, se convierte en millones de micro chips que componen este monstruo
llamado Internet. Estamos escribiendo en la arena casi sin darnos cuenta,
y arena es lo que más abunda en este planeta. Estos libros de arena
tienden a lo infinito, no por su número real, tan finito como todo
lo que habita el tiempo y el espacio, sino infinito en función de
la imaginación de los hombres, de su tiempo biológico y mental.
Como los infinitos granos de arena, los caracteres de los miles de alfabetos
y lenguas humanas van reproduciéndose en la red, poblándola
en forma de letras, imágenes, sonidos y sueños.
Nuestro delicado organismo cultural desarrolla sus
defensas contra la vulnerabilidad inmanente a su crecimiento desigual y
combinado. Y aquí entra a tallar Internet; ese fenómeno tecnológico
cultural que los hombres libres soñamos con erigir en la panacea
de la democracia, la igualdad y la libertad.
Colocar nuestra cultura en Internet será – es – una apuesta bizarra, llena de aventuras y peligros. Será – es - como poner el dinero en acciones, con todo lo que ello implica. Internet puede ser fuerte en su debilidad - que es su fragilidad material -, si desarrolla su versatilidad, complejidad y por sobre todo, si el capaz de sembrar por el mundo su carácter de red, que va más allá de un montón de cables y satélites interconectando computadoras. El artificio principal de Internet es el concepto de red como materia y como forma. Si el espacio es infinito, entonces todos sus puntos pueden ser su centro ya que estarían a igual distancia del inexistente límite exterior. Eso aún no pasa en Internet, si dibujáramos su contorno físico sobre un mapa mundial, también estaríamos dibujando el mapa de la riqueza y de su ubicación altamente concentrada en algunos países del hemisferio norte. Pero Internet posee en su naturaleza el carácter de lo infinito y lo azaroso, la capacidad barroca de ocultarse utilizando la evidencia y la total exposición. Veamos como ejemplifica Borges este fenómeno:
"Cuando el remoto compilador
del Zohar tuvo que arriesgar alguna noticia de su indistinto Dios – divinidad
tan pura que ni siquiera el atributo de ser puede sin blasfemia aplicársele
– discurrió un modo prodigioso de hacerlo. Escribió que su
cara era trescientas veces más ancha que diez mil mundos; entendió
que lo gigantesco puede ser una forma de lo invisible y aun de los abstracto."
Si Internet lograra abrazar el globo, y toda diferencia entre su cabeza y sus brazos se disolvieran en su entramado, entonces nuestra cultura estaría resguardada, a no ser que el planeta estallara. No importaría entonces la perdida de algún brazo, crecería otro de inmediato. Cabeza y cuerpo tendrían el don divino de la presencia simultanea en un mismo tiempo, en distintos puntos del espacio.
Pero el mal también circula por la red, los políticos profesionales ven con cierto espanto esta dispersión , esta inaprehensible realidad, esta reacción en cadena tecnológica y cultural que siguió al fin de la Guerra Fría. Pero no hablaré hoy de la fase política de Internet; me interesa hacer hincapié en lo que algunos pensadores llaman el "alejandrismo" o síndrome de la super abundancia de información. La red es el mayor espacio público que la humanidad haya sido capaz de construir. Pero paradójicamente, ese espacio está compuesto en un 90 % por almas solitarias, personas anónimas (ciudadanos de Internet) que intentan comunicarse delante de un monitor y un teclado. En cierta forma, todos estamos perdidos en esta red, todos nos hacemos un poco más anónimos en la medida que hacemos crecer la red y que ingresamos en un espacio público.
Entrar en la red es entrar en un laberinto; es publicitarse (hacerse público) para perderse en más profundo de los anonimatos. La libertad absoluta y la más brutal de las censuras conviven en forma extraña en un mismo espacio virtual. La ilimitada libertad de expresión que hoy permite Internet, nos lleva a la necesaria pregunta de si las ideas han pasado definitivamente a ser inofensivas. Si es así, estamos perdido, y en cierta forma es así como funciona la censura de Internet. Esa censura cuenta con dos poderosas mandíbulas; la primera de ellas lleva el nombre de Accesibilidad . La posibilidad de acceder es el primer límite que deja fuera de la red a quienes no tienen los medios económicos y tecnológicos necesarios. El límite de la accesibilidad excede a Internet, pero está dentro de ella; leo en el diario Clarín de domingo 4 de octubre que los países más ricos del mundo (Oeste de Europa, Japón y Estados Unidos, ) son los mayores consumidores de papel del a pesar de que la suma de sus habitantes apenas cubre el 15 % de la población mundial. Los más optimistas sostienen que al acceso estatal e institucional a Internet mitigará esta marginación, en este caso, viejos remedios parecen querer terminar con viejos problemas. Lo cierto es que en la actualidad la gama social que accede a Internet lejos está de incluir a los sectores económicamente más sumergidos. Esta tendencia se agudiza en los países más pobres, hasta llegar a regiones completas del planeta con conectividad cero como es el caso del gran parte de los continentes Africano y asiático.
La otra mandíbula de es la superabundancia de información disponible en la red, ya sea en forma de bombardeo publicitario, de limitaciones idiomáticas o de simple infinitud de oferta. Es conocida la experiencia de personas que ingresan por primera vez a Internet ,y que luego del entusiasmo inicial ante lo maravilloso y hasta entonces desconocido, pronto empieza a quejarse de lo que le cuesta encontrar la información que necesita. Este síndrome de Alejandrismo es uno de los primeros fenómenos detectados por los pensadores. Ahora lo estudian las compañías comerciales y ya se corre la voz de que el futuro negocio no será tanto el abono por acceder a Internet sino el derecho de uso de sus buscadores. Cabe destacar que en la actualidad existe una carrera tecnológica entre los proveedores por desarrollar buscadores inteligentes de alto rendimiento.
Estamos perdidos en la red, conceptos tradicionales se ven cuestionados. Se mezclan anonimato y publicidad, silencio con expresión, presencia con ausencia. Mediante la red tratamos de comunicarnos, pero sabemos que el espacio de la red es infinito y las consecuencias de nuestros actos en ella muchas veces impredecibles. Este artículo puede ser leído por cualquier persona del mundo, puede ser mirado con indiferencia por algún buscador furtivo, ocupará un lugar en remotos discos rígidos; tomará vida el ser leído por alguien.
Nuestros libros de arena se derraman y amontonan
lentamente. Quizás la cultura esté entonces más segura
y mejor custodiada, aunque sea para unos pocos.
Octubre 1998