Por Eduardo Sollazzo
De puro cansancio, al borde del arroyo, inclinado para beber un poco de agua, vio que su rostro era El Rostro. Asustado, presintiendo un error, gritó. Se sentó, respiró hondo y volvió al reflejo: no se había esfumado: "No, dijo. El Rostro no es mío. Yo soy alguien que viene caminando de lejos y sólo se ha detenido un minuto para recuperar fuerzas y seguir su camino".
Pero ahí estaba el rostro negado. como si fuera el de un hermoso pájaro a la deriva, que por puro cansancio se hubiera detenido sólo un instante para beber agua. "Me acercaré mucho más sigilosamente y sorprenderé al reflejo. No seré el primero en recibir semejante sorpresa ya que el cansancio puede organizar terribles visiones. Me acercaré silenciosamente y mi rostro ocupará su lugar en las aguas".
Pero entonces, mientras acercaba sus manos a la orilla, una voz que venía del agua dijo: "Aquí está El Rostro que hasta ahora has negado. Frente a ti has visto mis ojos y los has negado, como si fuera oprobio para tu memoria. Mis lágrimas se han mezclado con las aguas de este arroyo, que mi padre alguna vez soñó para que de él pudieran beber sus hijos. Aquí están mis manos, las mismas que fueron hace mucho tiempo traspasadas por lanzas romanas de incalculables pecados".
"Acerca tu rostro al mío y di las palabras que debes, acosado por estos pensamientos mentirosos. Yo te lo digo: Soy el que Fue y Será. El que atraviesa el tiempo y el espacio y deposita su rostro en las aguas de los arroyos. Soy el que te sorprende cuando descansas en tu jornada. Soy el que conoce todos los nombres existentes y preexistentes. El que dará vida a las nuevas criaturas que nacerán de mí. Y el que dará muerte a los asesinos por profesión. Tu miedo me atemoriza. Pienso en amigos del pasado. Pedro me negó por pura abstracción. Y luego fui descendido de la Cruz al Sepulcro, ese que mi Padre preparó para mi descanso de tres días. Y tú temes verme a los ojos...
Los ojos en llamas de quienes me veían en agonía en esa Cruz manchada de mi sangre y de la sangre de mi Padre. Y ahora tú, que tomas un descanso en tierra de mi creación, también niegas mis ojos. Mis ojos que iluminan tu camino de sombra. He sido siempre. He actuado siempre. Mis ropas son las mismas y mi voz es siempre la misma. y seguirá siendo igual mi rostro ante gentes que jamás escucharon hablar de mí o de mi Padre. Porque siempre será igual mi amor hacia tu especie. ¡Que es la mía! Acércate sin miedo, tal vez con sorpresa, pero sin miedo, sin temor a nada. ¡Comprende mis ojos!