POEMA I
¿Podremos algún
día, hacer
llorar a las paredes inmóviles,
que nos miran sin pestañear?
Bien, lo confesaré todo.
Debo aclarar la mente que está
nadando
de un modo absolutamente desparejo.
Debo aclarar mis músculos
entumecidos,
lograr apagar este fuego en la garganta,
este silencio que enciende lámparas
de luz ante el espejo.
Lo confesaré todo.
Antes -¿puedo?-, beberé
de esta agua recién llegada,
Para llevar conmigo, hacia inmensas
planicies, todo el ardor diurno.
Todos han partido,
y yo he quedado aquí, dulcemente
tranquilo.
He marchitado las hojas de tu libro,
querida.
No es nada - dijo ella -.
Y entonces el rumor se acercó.
se acercó lo suficiente
Para no ser más un rumor:
Mil rumores rodeando.
Estábamos frente a un sillón
enardecido, pobre de cuidado,
maltratado a todo lo largo.
Y entonces, un rumor que dejó
de ser tal:
Mil rumores rodeando;
Tus lágrimas lo escucharon,
lo presentí, porque corriste
fuera a ver.
Bien, todos han partido.
Y aquí me he quedado, descuidado
ante la luz.
Ya no habrá más palabras
puestas ligeramente de revés:
Ya no habrá más palabras.
La pared movediza, de ayer a hoy;
Los platos sobre la mesa esperan
ser vistos alguna vez.
Mi cara, espera ser vista alguna
vez.
Entonces, todos partieron, y yo me
he quedado aquí, muy solo.
Oyendo los rumores lejanos (acercándose
más y más).
Oliendo los árboles que se
secan,
Los perros que aúllan.
Aullidos monocordes y atonales.
Miseria pura en las imágenes.
Cantan, cantan ahora, querida.
Sí, escucho - dijo ella -.
Cantan.
Pero el murmullo (¿rumor?)
dejo de ser rumor para ser
mil murmullos atascados en el aire,
explotando de pronto sobre
nuestros cuerpos tardíos.
Pasiones desbocadas, desordenadas,
impalpables.
Como el brillo de tus ojos ayer,
cuando recordabas mejores tiempos.
Pero el tiempo no se queda a esperarnos.
Y pasa.
Para cuando estemos nuevamente temblando,
todos partirán hacia allá.
En busca de quién sabe qué cosa.
Bien, bien, lo confesaré
todo.
Pero antes -¿puedo?-, derramaré
una vez más
esta agua recién llegada
de otras latitudes.
Derramaré sobre cuadros falsos
mis entrañas calientes recién
lavadas.
Volcaré sobre la mesa, pinturas
que mienten siempre.
Y entonces, todo partirá
hacia allá. En busca de quién sabe qué cosa.
POEMA III
Donde avanzan muy despacio los huesos
carcomidos por este tiempo
Avanzan también despacio
las horas dejadas de lado.
Donde con suavidad se instalan las
lágrimas de los otros,
Se instalan violentamente los dientes
de la tierra maldita.
Cuando el placer se echa a dormir
una siesta,
Cuando no puede dormir abrigado
en la hierba, pide ayuda.
Vienen marchando despacio huesos
y más huesos carcomidos,
húmedos vapores óseos,
olor a huesos.
Vienen marchando detrás de
la montaña los gritos ocultos sin forma.
Gritos que marchan, marchan y marchan.
Vienen avanzando por senderos terrosos
y violentos.
El tiempo que carcome viene marchando
despacio, pero viene.
Viene a quedarse a tu lado derecho
Y los gritos que marchan, marchan
y marchan
Vienen a quedarse a tu lado izquierdo.
Rodeado.
Manos atadas, pies hundidos.
Y tus ojos tan apretados sobre las
rodillas.
Tus ojos ebrios tan cerrados.
Donde avanzan muy despacio los huesos
carcomidos por este tiempo
Avanzan tan despacio las horas y
las horas dejadas de lado en lado
Por este tiempo atroz. Por el tiempo
viejo.
Cuando el placer no puede dormir pide ayuda.
POEMA VII
Viniendo de este viento frío
de primavera, extraña visión interior,
Extraño fruto nacido del
rencor de Dios.
Viendo cómo los gatos corren
a través de las avenidas junto al mar;
Cómo los pájaros huyen
hacia las colonias deshabitadas.
Justo aquí, en este Sur desamparado,
olvidado de la dicha de Dios.
Clamor que se eleva entre gotas
extrañas de esta primavera extraña.
Abandonados a nuestra suerte, temblamos
en la lluvia.
Clamor que no se escucha, visión
acongojada ante un templo roto.
Vemos cómo, lentamente, los
nuestros abandonan sus pertenencias,
Creyendo así que lograrán
redimirse.
Vemos cómo, lentamente, los,
pájaros picotean todo lo que ven,
Todo lo que se cruza en su ruta
hacia los terribles conglomerados,
Estrellando sus alas entre sí,
Llorando entre las gotas extrañas
de esta lluvia primaveral.
Extraña visión interior,
oh, la nuestra.
Confuso el sentido de la vista,
Más aún el del espíritu.
Y entre llamas, vemos cómo
caen los castillos,
A costa de la ira de Dios, enojado
con su pueblo.
Y abandonados, huimos hacia el mar
lejano,
Deseosos de sol nuevo y salitre
para el cuerpo enfermo.
Aquí, en este sur abandonado,
extraño conglomerado deshabitado.
Aquí, entre madera podrida
y restos de comida, nosotros huimos.
El clamor no avanza, la redención
no llega,
Y asustados, nos arrodillamos ante
la imagen olvidada;
asustados, acariciamos los extremos
de nuestros cuerpos,
Pretendiendo encontrar una respuesta.
POEMA VIII
El viento reclama ofrendas simples,
simples anuncios.
El viento merece respeto, merece
ofrendas;
Vírgenes al mar, para que
los dioses no se inquieten.
Nuestras almas se perpetúan
en el caos.
Nuestros espíritus ni se
reconocen;
Ya no damos gracias para calmar
la ira de Dios.
Ira que frecuenta los lugares altos.
El lamento del viento es el mismo
que el de los dioses.
Los mares, reposo del viento, siguen
su camino.
El viento no consuela más
que a unos pocos.
El mar se anuncia con escalofríos
Para no asustarnos.
Tiene manos frías y débiles,
Para que reconozcamos nuestra raza.
El viento, el mar; el aire no suspira:
habla.
El mar se encandila de esa melodía
austera y encantada.
las ninfas retornan por lo suyo,
Olvidando sólo un poco el
camino de regreso.
Sibila nos enmudece otra vez,
Alienta nuestra imaginación
casi calcinada.
El sol se compadece de nuestras
cabezas y deja de moverse.
Sibila canta otra vez...
Sibila, canta para nosotros en la
hora de reposo.