Por Eduardo Sollazzo
 
 
 
 

POEMA I

                                                                                          ¿Podremos algún día, hacer
                                                                                             llorar a las paredes inmóviles,
                                                                                             que nos miran sin pestañear?

Bien, lo confesaré todo.
Debo aclarar la mente que está nadando
de un modo absolutamente desparejo.
Debo aclarar mis músculos entumecidos,
lograr apagar este fuego en la garganta,
este silencio que enciende lámparas de luz ante el espejo.
Lo confesaré todo.
Antes -¿puedo?-, beberé de esta agua recién llegada,
Para llevar conmigo, hacia inmensas planicies, todo el ardor diurno.
Todos han partido,
y yo he quedado aquí, dulcemente tranquilo.

He marchitado las hojas de tu libro, querida.
No es nada - dijo ella -.
Y entonces el rumor se acercó.
se acercó lo suficiente
Para no ser más un rumor:
Mil rumores rodeando.
Estábamos frente a un sillón enardecido, pobre de cuidado,
maltratado a todo lo largo.
Y entonces, un rumor que dejó de ser tal:
                                     Mil rumores rodeando;
Tus lágrimas lo escucharon,
lo presentí, porque corriste fuera a ver.

Bien, todos han partido.
Y aquí me he quedado, descuidado ante la luz.
Ya no habrá más palabras puestas ligeramente de revés:
Ya no habrá más palabras.

La pared movediza, de ayer a hoy;
Los platos sobre la mesa esperan ser vistos alguna vez.
Mi cara, espera ser vista alguna vez.

Entonces, todos partieron, y yo me he quedado aquí, muy solo.
Oyendo los rumores lejanos (acercándose más y más).
Oliendo los árboles que se secan,
Los perros que aúllan.
Aullidos monocordes y atonales.
Miseria pura en las imágenes.
Cantan, cantan ahora, querida.
Sí, escucho - dijo ella -. Cantan.
                               Pero el murmullo (¿rumor?)
                               dejo de ser rumor para ser
mil murmullos atascados en el aire, explotando de pronto sobre
nuestros cuerpos tardíos.
Pasiones desbocadas, desordenadas, impalpables.
Como el brillo de tus ojos ayer, cuando recordabas mejores tiempos.
Pero el tiempo no se queda a esperarnos. Y pasa.

Para cuando estemos nuevamente temblando,
todos partirán hacia allá. En busca de quién sabe qué cosa.
Bien, bien, lo confesaré todo.
Pero antes -¿puedo?-, derramaré una vez más
esta agua recién llegada de otras latitudes.
Derramaré sobre cuadros falsos
mis entrañas calientes recién lavadas.
Volcaré sobre la mesa, pinturas que mienten siempre.
Y entonces, todo partirá hacia allá. En busca de quién sabe qué cosa.
 

POEMA III

Donde avanzan muy despacio los huesos carcomidos por este tiempo
Avanzan también despacio las horas dejadas de lado.
Donde con suavidad se instalan las lágrimas de los otros,
Se instalan violentamente los dientes de la tierra maldita.
Cuando el placer se echa a dormir una siesta,
Cuando no puede dormir abrigado en la hierba, pide ayuda.

Vienen marchando despacio huesos y más huesos carcomidos,
húmedos vapores óseos, olor a huesos.
Vienen marchando detrás de la montaña los gritos ocultos sin forma.
Gritos que marchan, marchan y marchan.
Vienen avanzando por senderos terrosos y violentos.

El tiempo que carcome viene marchando despacio, pero viene.
Viene a quedarse a tu lado derecho
Y los gritos que marchan, marchan y marchan
Vienen a quedarse a tu lado izquierdo.
Rodeado.
Manos atadas, pies hundidos.
Y tus ojos tan apretados sobre las rodillas.
Tus ojos ebrios tan cerrados.

Donde avanzan muy despacio los huesos carcomidos por este tiempo
Avanzan tan despacio las horas y las horas dejadas de lado en lado
Por este tiempo atroz. Por el tiempo viejo.

Cuando el placer no puede dormir pide ayuda.

POEMA VII

Viniendo de este viento frío de primavera, extraña visión interior,
Extraño fruto nacido del rencor de Dios.
Viendo cómo los gatos corren a través de las avenidas junto al mar;
Cómo los pájaros huyen hacia las colonias deshabitadas.
Justo aquí, en este Sur desamparado, olvidado de la dicha de Dios.
Clamor que se eleva entre gotas extrañas de esta primavera extraña.
Abandonados a nuestra suerte, temblamos en la lluvia.
Clamor que no se escucha, visión acongojada ante un templo roto.
Vemos cómo, lentamente, los nuestros abandonan sus pertenencias,
Creyendo así que lograrán redimirse.
Vemos cómo, lentamente, los, pájaros picotean todo lo que ven,
Todo lo que se cruza en su ruta hacia los terribles conglomerados,
Estrellando sus alas entre sí,
Llorando entre las gotas extrañas de esta lluvia primaveral.
Extraña visión interior, oh, la nuestra.
Confuso el sentido de la vista,
Más aún el del espíritu.

Y entre llamas, vemos cómo caen los castillos,
A costa de la ira de Dios, enojado con su pueblo.
Y abandonados, huimos hacia el mar lejano,
Deseosos de sol nuevo y salitre para el cuerpo enfermo.
Aquí, en este sur abandonado, extraño conglomerado deshabitado.
Aquí, entre madera podrida y restos de comida, nosotros huimos.

El clamor no avanza, la redención no llega,
Y asustados, nos arrodillamos ante la imagen olvidada;
asustados, acariciamos los extremos de nuestros cuerpos,
Pretendiendo encontrar una respuesta.

POEMA VIII

El viento reclama ofrendas simples, simples anuncios.
El viento merece respeto, merece ofrendas;
Vírgenes al mar, para que los dioses no se inquieten.

Nuestras almas se perpetúan en el caos.
Nuestros espíritus ni se reconocen;
Ya no damos gracias para calmar la ira de Dios.
Ira que frecuenta los lugares altos.
El lamento del viento es el mismo que el de los dioses.
Los mares, reposo del viento, siguen su camino.
El viento no consuela más que a unos pocos.
El mar se anuncia con escalofríos
Para no asustarnos.
Tiene manos frías y débiles,
Para que reconozcamos nuestra raza.
El viento, el mar; el aire no suspira: habla.
El mar se encandila de esa melodía austera y encantada.
las ninfas retornan por lo suyo,
Olvidando sólo un poco el camino de regreso.
Sibila nos enmudece otra vez,
Alienta nuestra imaginación casi calcinada.
El sol se compadece de nuestras cabezas y deja de moverse.

Sibila canta otra vez...
Sibila, canta para nosotros en la hora de reposo.