Por Alejandro Sosa Dias
Las madres. Las madres que cuidan o acunan. Imagen pacificante por excelencia
para la neurosis universal, inevitable. Un sitio de libre acceso para la
felicidad. Placidez de la inmersión en las aguas prenatales. Rara
vez falta. Recuerdo, mítico, como cualquier otro. Hay, sin embargo,
otras versiones de lo materno, que en modo alguno anulan esta primera.
La tornan más extraña, aparentemente opuesta cuando en verdad
sólo extreman sus premisas. Una labor de catastro es lo que nos
interesa, aún advirtiendo los peligros de un análisis meramente
temático. Madres del amor, madres del deseo, madres del deber :
figuras ideales que muchas veces se reúnen en un sólo cuerpo.
Encarnación ¡oh nociones teológicas! arbitraria de
una insignia
En Los ojos de Celina, un relato de Bernardo Kordon, observamos un
orden familiar centrado en la madre. Ella ordena el trabajo en la finca
que poseen y concentra en sus manos las decisiones familiares. Sus dos
hijos varones le entregan el dinero que ganan (uno de ellos es quién
relata la historia). El otro, el mayor, se casó bien. Roberta, su
mujer, apenas habla y trabaja sin fatiga. La madre mira complacida y aprueba.
Por el contrario, Celina, la mujer del menor, no recibe el mismo trato.
Notoria, al revés de Roberta, amparada en su insignificancia, Celina
no pasa sin que la familia note su presencia ni codifique sus rasgos: Parecía
delicada y no resultó muy buena para el trabajo. Por eso mi mamá
le mandó hacer los trabajos más pesados del campo, para ver
si aprendía de una vez. Roberta tiene varios hijos. Todos niños,
aptos para el trabajo. Celina ni siquiera tuvo una nena. Rasgo devaluatorio
en lo que a la mirada familiar se refiere.
Advirtamos un exceso; aún coincidiendo con la mirada familiar
acerca de su mujer, lo decisivo para él fueron sus ojos: En la tarde
blanca de calor, los ojos de Celina me parecieron dos pozos de agua fresca.
Cuando la vio por primera vez no le pudo sacar la vista de encima. La madre
objeta : Ella te buscó, la sinvergüenza.El encantamiento de
una mirada, casi nada, en consecuencia un asunto que sin duda reviste máxima
importancia. El territorio del apenas, lugar que, a nuestra vuelta, nadie
nos da crédito de su existencia. Ataque a la singularidad de cada
uno suele ser la moneda de la contraprestación.
El protagonista del relato se encuentra en la encrucijada que le plantea
su lealtad al orden familiar y resguardar de los imperativos de sus parientes
a la mujer que desea. La pugna entre estas fuerzas contradictorias se agudiza
a partir que la presencia de Celina se revela no sólo como estando
(y así solo en su mera estidad era irritante) sino también
aparece queriendo algo. Para peor a Celina se le ocurrió que, como
ya estábamos, podíamos hacer rancho aparte y quedarme con
mi plata. Yo le dije que por nada del mundo le haría eso a Mamá.
Quiso la mala suerte que la vieja supiera la idea de Celina. La trató
de loca y nunca la perdonó. A mi me dio mucha vergüenza que
mi mujer pensara en forma tan distinta que todos nosotros. Y me dolió
ver quejosa a mi madre. Me reprochó que yo mismo ya no trabajaba
como antes, y era la pura verdad. Lo cierto es que me pasaba mucho tiempo
al lado de Celina. La pobre adelgazaba día a día, pero en
cambio se le agrandaban los ojos. Y eso justamente me gustaba: sus ojos
grandes. Nunca me cansé de mirárselos.
Llegado este punto, es evidente que algo debía hacer para solucionar
su dilema. No hace nada y la decisión se toma sin su voluntad, aunque
sí con su asentimiento. Con la excusa de un paseo familiar la madre
logra que Celina sea mordida por una yarará. El protagonista del
relato aparece siempre en una posición vacilante frente al hecho,
anticipándose mentalmente a lo que va a suceder pero sin hacer nada
práctico para impedirlo. Su culpable incapacidad se corona con el
recuerdo inmarcesible los ojos de Celina antes de morir. Mirada que antes
era el signo del encantamiento y ahora se quiere olvidar pues emerge con
un claro rasgo persecutorio.
A posteriori de la muerte de Celina, la madre informa en el pueblo
acerca del supuesto accidente. La vida continúa. El objetivo estaba
logrado: se habían restaurado los viejos y buenos tiempos. Un día,
sin embargo, aparece el comisario con una partida y se lleva a la madre
y los dos hermanos. Roberta, que no había participado del paseo
familiar siguiendo órdenes de la vieja, ella la que trabajaba sin
chistar y era bien mirada por todos, ella delata a la familia y termina
quedándose con la finca. Se transforma en patroncita mientras los
demás van a la cárcel. ¡Mosquita muerta!
Lo que resulta más sugestivo de este relato no es la existencia
de una madre malvada, una arpía joancrawfordesca, que recibe un
justo castigo final. El aspecto más llamativo es que esa madre,
vigía de un pequeño reino familiar y propietario, consagrada
a la defensa a ultranza de su estructura, una vez que se puso en acción
para que el orden del mundo sea encausado hacia lo que debe ser, termina
hundiéndolo todo. Podría decirse que seleccionó mal
los enemigos. Pero parece ser más una racionalización a posteriori
que una explicación. Otra posibilidad interpretativa sería
profundizar en la diferencia entre el rival y el modelo. Pero no nos ocuparemos
de eso ahora.
Hay un relato largo o una novela corta (da igual) de Reinaldo Arenas
llamada La vieja Rosa, en dónde vemos una figura materna similar.
El relato de Arenas es más complejo que el de Kordon, lo que lo
hace más reacio a ser resumido. O quizás sea sólo
más largo, dando origen a mayor cantidad de situaciones. El papel
ordenador de la vieja Rosa en la economía familiar (diríamos
monetaria y psíquica) esta mostrado con mayor detalle. Un ejemplo:
La mayor parte del día la pasaba en el campo; peleando con los jornaleros
cuando no hacían las cosas como ella estimaba más conveniente;
insultando al tiempo cuando interrumpía, con sus aguaceros imprevistos,
la siembra del maíz; lanzándole piedras a las vacas que saltaban
el cerco y se comían los retoños de boniato. Al caer la tarde
caminaba hasta la casa, regañaba a los muchachos si no habían
hecho lo que les había ordenado; y al fin iba hasta su cuarto y
se tiraba de rodillas frente al altar; sin embargo, había ahora
en su forma de rezar algo que la diferenciaba completamente de su manera
anterior: su palabra no brotaba como una larga súplica, envuelta
en un inconfundible acento de sumisión, su entonación no
parecía ser la de una plegaria, sino la de una orden. Había
demasiada seguridad en su voz. Y algunas veces, al dirigirse a las imágenes
que ahora se habían multiplicado, cualquiera que la escuchase desde
la sala hubiese podido pensar que se dirigía a uno de sus peones
del campo. Sus hijos habían ido creciendo, escuchando esa voz autoritaria
que ponía en movimiento a todos los hombres de la finca, que podía
ordenar que aquel rancho que estaba debajo de la ceiba fuese derrumbado
y convertido en carbón.
Podemos ver que la situación argumental básicamente es
la misma. Una mujer encarna la continuidad que da sentido a un orden familiar.
Los demonios que este orden convoca y, a la vez, atempera no se desvían
de un catálogo más o menos clásico. La muerte, la
propiedad, la reproducción. En el párrafo citado puede verse
la exacta manera en que la vieja Rosa hace jugar su presencia para ordenar
la totalidad de la vida en la finca. El papel de la voz aparece subrayado
más que la presencia física, enlazado en un régimen
metonímico que se distribuye en tres elementos relacionados con
la presencia imperativa de la voz : el tiempo, los muchachos y , como cenit,
las imágenes religiosas. Estas últimas cumplen el papel en
la retórica del texto de volver a introducir la omnipresencia materna
en la vida familiar (muchachos) y social (peones) tras una aparente instancia
de sumisión, dónde ésta se revela en perfecta continuidad
con aquella.
Rosa, al igual que la innominada madre del relato de Kordon, maneja
los hilos de la vida en la finca. Ostensible, el personaje de Kordon es
más minimalista, pero también de forma más intangible.
No solo predica. A veces nada más calla, pero lo hace de esta manera
porque sabe que es eficaz. Nadie la puso en ese sitio, y si bien la voluntad
juega su papel en esta partida, verlo así es demasiado pobre. Rosa
no es una capitalista emprendedora que se abre paso en el mercado. Su acción
no es producto de su propia iniciativa sino de su ligazón con fuerzas
ancestrales. Pero analizaremos esto último más adelante.
En lo que se refiere a la historia en concreto que narra Arenas su sitial
dominante se corresponde más con las regulaciones tradicionales
de la familia, con el cumplimiento de Rosa con ellas (los hijos principalmente)
y la vacancia que va dejando su marido respecto al liderato de los intereses
familiares. La decadencia del hombre se acelera cuando ella corta todo
comercio carnal con él. Este proceso culmina con el suicido del
marido de Rosa que ésta interpreta a su manera. A la medianoche,
cuando la risa de los visitantes se hizo más estruendosa, su madre
la llamó al patio, y la llevó hasta los árboles que
crecían junto al pozo. Mira, le dijo, señalando para las
ramas más elevadas. Pablo colgaba de uno de los gajos más
altos del anoncillo. Rosa se persignó. Mientras decía Dios
mío, pensaba: Lo ha hecho para fastidiarme la Nochebuena. Para eso
lo hizo. Rosa interpreta el suicidio de su marido como una agresión
hacia ella, como aquí vemos, y como una falta moral en términos
más generales. Su conciencia religiosa es la usina de justificaciones
a la que recurre para ese fin.
Los dos personajes maternos de ambos relatos comparten una fuerte idea
del deber, que es connatural a su predominio. Podríamos decir que
predican con el ejemplo (de una manera chantajista, claro). Al mismo tiempo
pueden verse como madres del amor pues en su preocupación por la
propiedad familiar puede comprobarse que velan por el conjunto.
La vieja Rosa cuenta esta historia pero de una manera invertida. Muestra
el desgarramiento de ese orden familiar, del cual ella queda siendo el
último bastión. Inútilmente, por supuesto. Sus tres
hijos la abandonan. La hija se casa con un negro, lo cual no le agrada
en lo más mínimo. Aunque es comprensible desde su punto de
vista. Armando, el hijo mayor, se hace guerrillero y después del
triunfo de la revolución castrista, se convierte en funcionario.
Uno de los encargados de llevar adelante la revolución agraria en
su zona de origen. La crisis última de la familia estalla cuando,
compulsivamente, el gobierno compra las tierras de Rosa para anexarlas
a un sistema estatal de cooperativas. Rosa ve a su propio hijo como un
ladrón. O mejor, el gobierno es el ladrón y su hijo un traidor
que le abre la puerta. Pero todavía tenía a Arturo, su hijo
menor y más querido. El que siempre la había acompañado.
El último día que ella podía pasar legalmente en la
finca antes que el gobierno se hiciera cargo sucede el desenlace de la
historia. Rosa, que sabe que es absurdo intentar retener su propiedad,
permanece en ella hasta el límite posible del tiempo. Melancólica
y silenciosa pasea como un espectro por los que aún son sus dominios.
Arturo es la compañía que le resta. Ese día lo descubre
encamado con otro muchacho. Calmadamente toma la escopeta y los balea sin
matarlos, ocasionando su fuga, en una escena más patética
que dramática. La historia de Arturo continúa en otra novela
corta de Arenas, Arturo, la estrella más brillante, donde él
está preso en un campo de trabajo y la figura de la vieja Rosa se
le aparece vestida de guardia y con contornos claramente más ominosos.
Enloquecida sin poder siquiera velar el sepulcro de sus creencias, la vieja
Rosa al final de ese largo día es rescatada piadosamente por un
ángel que se quema con ella. El personaje de Arenas es más
matizado y el lector puede simpatizar más con ella que con la madre
del relato de Kordon. Esta sólo actúa e increpa. Llega a
realizar su maldad. La vieja Rosa convoca más a la piedad, se hunde
con su barco como los capitanes de antes, último mohicano de una
causa en la que nadie cree. El personaje de Kordon en su empeño
por que las cosas sean como siempre han sido, termina acelerando su destrucción.
Esta última es el signo final de los dos relatos. Es, sin embargo,
decir demasiado poco. La destrucción puede revestir muchas formas
y la historia, o en todo caso el phylum de la historia que hemos traído
es más preciso. Esta destrucción es la que se asocia con
los cuidados. Decir maternos, creo, es una redundancia. Los cuidados son
maternos, aunque no perdamos de vista que suelen venir con sorpresa. Bonus
track de uno de los destinos posibles de un sexo. Unos párrafos
antes afirmamos que la vieja Rosa representaba fuerzas ancestrales. Teníamos
en mente el análisis hegeliano de la disolución de la sustancia
ética de la Polis griega. Uno de los escasos análisis en
la historia de la filosofía occidental en que la diferencia sexual
es puesta de relieve. Si bien el análisis está centrado en
el mundo griego no hay que hacer una lectura estrechamente culturalista.
El uso hegeliano de los datos históricos es altamente idiosincrático.
En un sentido se puede decir que su análisis de la familia puede
ser toda familia. Hegel escribe en la Fenomenología del Espíritu:
Los penates de la familia se contraponen al espíritu universal (pág.
306 traducción de Alfredo Llanos, Editorial Rescate). La familia
se contrapone a la comunidad. Es un grupo autocentrado. Un pueblo en contra
del pueblo escribe Hegel. Agrega : ...el ser ético de la familia
se determina como el ser inmediato (ídem anterior). Esa inmediatez
es la de la mera vida sensible. En los textos antes citados esto es ampliamente
entendible a través del cuidado respecto al entorno cerrado de la
finca. De todas formas no concluye aquí esta cuestión pues
la peculiar eticidad de la familia según Hegel se caracteriza por
la relación del miembro singular de la familia con la familia íntegra
como sustancia; de modo que la acción y la actualidad del miembro
de la familia tengan sólo a la familia como fin y contenido (idem
pag. 307). Históricamente este análisis es especialmente
conveniente para las estructuras sociales pre-modernas, de las que la pequeña
producción campesina es un ejemplo claro. Hecha esta aclaración
que explica la conveniencia de la invocación a Hegel aquí
usada, sigamos con el aspecto estructural y no-histórico, o si se
quiere metahistórico de esta temática que, por supuesto es
más divertido y fecundo en enseñanzas.
La familia como vimos sustrae cierto supuesto de individualidad que
formaría parte de cada uno de nosotros pero a condición de
promover unas relaciones de pasaje que son las que efectivamente hacen
aparecer nuestra actualidad como individuos. No hay que interpretar el
anterior pasaje hegeliano como si se tratase de la destrucción de
la individualidad. Es más, en la parte que podemos calificar de
narrativa de la Fenomenología este pasaje muestra la emergencia
de la subjetividad. La familia es un continuo velar la muerte a través
de las trampas de la vida Ese es su nexo de unión, su asunto.
La consanguinidad completa pues, el movimiento abstracto natural, puesto
que le agrega el movimiento de la conciencia, interrumpe la obra de la
naturaleza y rescata lo consanguíneo de la destrucción mejor,
porque esta destrucción es necesaria, la consanguinidad toma sobre
sí misma el acto de la destrucción (idem, pag. 308)
La familia es un magma de ligazones entre vivos y muertos y, sobre
todo entre el conjunto y el miembro singular. La idea que solemos hacernos
de la dialéctica se ve cuestionada en este problema lógico
e histórico. La familia es particularmente refractaria al movimiento
dialéctico. Su ser otro no es muy plástico. Es perfectamente
posible el paralelo entre la Polis y la familia pues el momento histórico
que registra Hegel, y que de manera más empírica y vívida
se ve en la actuación teórica de Sócrates y Platón,
muestra la fractura de la Ciudad a través de los discursos. La caída
de la sustancia ética de ambas instituciones es apreciable en el
principio de individuación. El orden familiar, en lo que corresponde
a su sustancia, no incorpora transformaciones sucesivas. O perdura o se
destruye. La familia, que si bien como dijimos es poco dialéctica
como tal, muestra la peculiar dialéctica del individualismo en la
cultura occidental.
Hegel en su análisis trae elementos que no citamos porque no
hacían al nuestro, pero es relevante mencionar que su lectura (quizás
tradicional) de la tragedia de Antígona viene a cuento del papel
que el ubica en la mujer dentro de la dialéctica de los sexos. Lo
mencionamos antes cuando mostramos a la mujer cercana a la vida en el sentido
de la inmediatez. Hegel contrapone ese sitio que describe como ley divina
(sin duda una ley divina bastante laicizada y que podríamos equiparar
a la costumbre) a la ley humana, que es la ley política de la Ciudad.
Antígona es la oposición a ella. Respecto a la diferencia
de los sexos en este orden Hegel escribe: La diferencia de la eticidad
femenina de la del hombre consiste en que la mujer en su determinación
para la singularidad y en su placer permanece inmediatamente universal
y extraña a la singularidad del deseo; por el contrario, en el hombre
estos dos lados se separan uno del otro, y puesto que el hombre posee como
ciudadano la fuerza autoconciente de la universalidad, adquiere así
el derecho del deseo, y mantiene al mismo tiempo la libertad de ese deseo
(idem pag. 311) En este sucinto párrafo podemos ver un desarrollo
de la historia de los sexos en Occidente, que si bien puede ser algo irritativo
para visiones estrechamente corporativas no deja de golpear con toda su
verdad (los abogados de una visión culturalista podrán protestar
y alegar la especificidad occidental de esta configuración pero
es notorio que Oriente fue aún menos amistoso en lo que a este asunto
se refiere). En la historia de la vieja Rosa podemos ver algo de esto en
el destino de Armando que desinteresado de la vida en la finca va a decidir
su partida con el destino en un plano claramente universal. La hija de
la vieja Rosa simplemente cambia su vida dirigiéndose hacia otra
familia.
Mencionamos que el análisis de Hegel concluye en Antígona
y suena raro que hasta aquí solamente hayamos expuesto en las mujeres
un destino materno. Es evidente que la pobre Antígona no sólo
no se casa sino que ni siquiera accede al comercio carnal. No forma parte
del destino femenino en cuanto materno. ¿Hay otro en esta teoría?.
Antes de responder muy limitadamente, hago notar que en el relato de Kordon
además de la madre está Celina. Tendemos a olvidarlo pues
las esposas de los hermanos en la historia tienen un papel aparentemente
pasivo. Como vimos en el racconto que realizamos esa pasividad es totalmente
apariencial. La acción es llevada a cabo por la madre.
Los personajes femeninos cuando encarnan la legalidad de un orden presentan
evidentes afinidades con la catástrofe. Las madres de estos dos
relatos, en algo que podemos designar como obstinación pero que
sabemos simplista llamar así pues supera el raciocinio de la psique
individual y se desborda hacia otras estructuras, defendiendo lo inmediatamente
propio concluyen perdiéndolo en un movimiento que pese a que podemos
entender y considerarlo merecido no deja de hacernos sentir cierta piedad.
Piedad e ironía, quizás la fórmula ideal de la comprensión,
pues no dejaron de encontrar lo que fueron a buscar. ¿Y Celina?
¿Y también ya que estamos Antígona? ¿Qué
es lo no materno? Propiamente podríamos decir lo femenino, siendo
fieles a la inspiración hegeliana y también a la freudiana
pues esto es lo que produce horror a hombres y mujeres por igual. Celina
encarna esta cuestión en ese universo de hombres enmadrados. Podríamos
creer que Roberta también aunque de un modo más inteligente.
En verdad no es así pues ella traza su estrategia usando el mismo
circuito. Es el mismo principio nada más que llevado por una lógica
que lo destruye tanto como lo conserva. Parcialmente en consonancia con
lo aquí explicado intercalaremos una última cita del texto
hegeliano: Mientras que la comunidad se da su subsistencia sólo
a través de la destrucción de la felicidad familiar y la
disolución de la autoconciencia en la autoconciencia universal,
produce, según lo que ella reprime y lo que es, a la vez, esencial
para ella, su enemigo interior, en la femineidad en general (idem pag.
322). Concluye este párrafo con la célebre fórmula
que define la femineidad como la eterna ironía de la comunidad.
Más allá de la exégesis concreta de estos textos hegelianos
que no realizaremos aquí, citamos a la ligera y con propósitos
ilustrativos de hacer notar una problemática, es notoria la existencia
de una dialéctica entre lo familiar y lo comunitario, entre lo materno
y lo femenino. Al decir dialéctica descontamos que el lector da
por supuesto una relación de mutua interferencia y no de nítida
exclusión, aunque ésta exclusión se dé en un
plano que no es el de los diversos destinos de las mujeres (visto así
no tendría porqué existir conflicto) sino en su encuentro
con el destino. Eterna ironía de la comunidad es una expresión
densamente connotada, el eterno femenino de Goethe y la ironía schlegeliana.
Por fuera de esto hacemos notar que la ironía es sin duda el tropo
de los tropos, ante el cuál nunca, si aparece generalizado, podemos
obtener certeza acerca de dónde debe detenerse. Las célebres
ironías socráticas tienen ese efecto: dejarnos en ascuas
acerca de cuál enunciado es irónico y si podemos encontrar
uno que sea efectivamente una tierra firme dónde anclar la significación.
Asociar este principio tropológico a la femineidad en su relación
a la comunidad es una operación teórica de vasto alcance
crítico. De manera extrañadamente convergente con esto vemos
en la lógica de ambos relatos que la madre se halla en el punto
central de la significación. Esta última se desplaza casi
imperceptible pero seguramente, tanto así que la respuesta posible
se juega en el plano de los hechos, resultando los dos personajes maternos
un síntoma del bien común. Muestra de que el deseo materno
es algo sin salida. Estafa.
Junio de 1996
Nota : el relato de Bernardo Kordon se encuentra en el libro Un
taxi amarillo y negro en Pakistán (editorial Sudamericana 1986)
y el de Reinaldo Arenas en Termina el desfile (editorial Plaza & Janés
biblioteca Letras del exilio 1984)