La distinción (Fragmentos)

Por Américo Cristófalo

Apenas frío es el mármol
y no tiene piedad;
estoy sola, entre él
y la tierra. Entre él
y la tierra, siempre. No arde
el relámpago que me toca.
Nunca  sobre el cuerpo
arderá el relámpago.
Y la parte de sombra
que lo extingue y lo apaga
no abriga, como la magra
oscuridad del tilo, el sereno pacto
del aire.
¿De dónde procede entonces
la luz abierta en
los ojos que enrojecen la noche
y la dejan ausente del mal?

La distinción. Candor moral,
rostro débil de la historia.
¿Gustar? ¿Quién habla del gusto?
Almas que no persiguen su presa
por temor.
Cada mañana, obligado a lavar
la camisa de un muerto. Los pobres
ensuciados de sangre infértil.
De la gracia de un padre altivo en sus bienes.
Se quitarán los ojos por una parte.
El clamor que los agita es, nada menos, la herencia.
Hermanos al fin.
De hermanos que son distribuyen lo que queda.
Mejilla por mejilla, letra por letra.
No ven el espantoso vientre del desierto.
Nacen de ahí pocos hijos con su nombre.

Entre las aves hay certeza.
Planean sobre la llanura, dominándola,
son cazadoras de especies sumisas.
Para el ave, la presa es única,
muere en una maniobra necesaria y exacta,
y yace muerta en obediencia de un orden.
Antes de matar, el ave propicia
ritos severos y espléndidos
fija la atención
se aleja, vuela cerca, la poseen
disposiciones del cuerpo que desconoce;
antes de atacar, examina,
no sabe el nombre de la víctima,
pero sabe que el vuelo repite sus leyes.

Maldición,
comicidad seca de animales medrosos
y conspirativos,
lenguaje y delación,
lenguaje; delación;
fueron cristianos pero impropios
de alianza y reglas de aldea,
extranjeros.
Lavo la camisa de un muerto cada mañana,
cristianos que iban en la libertad del desierto,
de una patria
sin fundamento
al hogar venial,
de una madre que al odiar
todo cobija y perdona;
al amparo de esa mujer pagana
salieron a la llanura
asqueados de crimen,
andrajosos y ateos,
sin dar la guerra
porque la guerra ilumina
un arte soberano.
Fue así más digno morir uno,
señor,
vivo en la estaca
y olvidado de toda promesa funeraria.

El cuerpo basta
en la libre servidumbre del pueblo.
Es la distinción.
El estilo impostor.
Pellejo seco.
Del odio. La acción.
Curado ahora, bendecido,
la cruz.
Y los otros,
contagio infinito,
¿Qué harán también
sino entre ellos
propagar el mismo crimen?

Vergüenza da el hijo que retrocede,
aunque la confianza sea mayor
y el demonio hable con la verdad.
El miedo y la sombra llegan
y la palabra de la sombra
que apura el ritmo del desastre.
En lugar de recibir la muerte,
como Dios manda,
Dios condena a vivir.
Y pasan así la noche,
exhortándose, arrepentidos
en faltas de amor, de coraje.

Abrieron el corazón de un solo tajo.
Hundieron la lengua en mierda.
Quemaron el pecho con avidez.
La cogieron tres hombres que venían del arroyo.
La cabeza del otro se mostró, colgada,
por seis días que fueron la eternidad.
Y por seis días desprendió bellas efusiones de peste.
Alma bella, poesía bella,
bello y emancipado exterminio.
¿Qué pudo hacerse sino esto
en nombre de la belleza?
¿No sabe el juez que el desierto es belleza pura?
 

Innombrado ando en el desierto,
es a matar o morir esta semejanza;
desabrido suelo, descendente
como la cola aguda de la quimera.
¿Y qué significa este lavar de la mañana?
¿Me exime? ¿Dice en mí perdóname?
 

El delirio está entre nosotros.

¿Quién y por qué iría al peor, al injuriado?
En el desierto: modos exquisitos del odio.
¿Caridad, tristeza de la voz dejada?
No. Lectores patrios.
Escritura de un bien en sucesión y en ruinas.
Para ser habitado, el sumiso diluye la voz.
Yo diría: idea irracional de libertad.
 

Ahora el puerto.
La llanura y el puerto. Voy con ella.
Belgrano abajo.
El cagatintas cree que la virgen
abusa de un cuerpo.
Esto fue el granero del mundo, dice.
Luces de burgerking.
Depósitos.
Nos miran, niña.
Llega la hacienda.
¿Lavarías mi camisa cada mañana?
¿No es asunto femenino, verdad?
Altiva, impía Jeanne Duval.
Azote antillano. La dársena pelada,
el buque fondea.
Lo futuro, figlia, el rebaño.
Faena de carne blanda y roja.
Plantío apretado de esclavas.
Aída, Giovanni, soy comparsa.
Para tu hijo, ¿harás judías blancas,
costillas?
Amasaba sobre la mesa de madera.
Ruido de la harina esparcida.
Golpes, suave crujido.
Manos de la abuela piamontesa.
El pan de todos los días.

Peste de Calabria, de Esmirna. Peste de Besalú.
Hombres que conocían la verdadera
llanura padana, el comercio de joyas baratas,
el secreto de la sidra.
El puerto: qué mal estás, dice
—la curadora del ser—.
Gracias a Dios, no como carne del Islam.
Tengo sed, mucha sed: es la niña que habla ahora.

Agua, agua, temblores del sediento.
El cuerpo de la mujer intraducible:
escándalo de funcionarios,
librepensadores, policías.
En el tormento se ruega a Dios.
La virgen loca yace sin piernas, no tiene torso,
ni brazos, ni boca. La niña sufre sed y ruega agua:
agua, Dios mío, agua.
Dos días más sin beber y el nihilista habrá vencido.

Jactancia de estilo europeo
en el arte, la cocina,
la política.
Hipnosis colectiva.
Imprecación a la excelencia.
Ahora duerme el
führer sentimental.
Pujanza del ganado,
de lo que sea.
Maíz y transporte.
Vagones al matadero.
Aura de la nación,
a la voz de aura.

Médiums, agoreros,
socialdemócratas:
el cadáver.
Despojos de alma.
Ya difunto, igual se abre camino
el maula. Viene de ahí,
eterno, responde al llamado
de su nombre. Arpía, arpía.
Mito de la tribu en el regazo.
Literatura argentina y espiritismo.
Espiritismo y negación de la gracia.
Estoy en el puerto: ella vio:
luz que había para ver.

Un efecto del malestar,
doctor: el odio. La risa.
Progresiva pérdida de humor.
De qué te reís,
mirá bien la Vía Láctea,
sos loco vos?
¿Qué mirás? ¿A la perra, mirás?
La hospitalidad de ella:
demasiado hiriente.
Me bendecía. Yo era señor.
La perra mansa, esa
lamiéndote la roña,
la perra ansiosa, suplicante.
¿La revivías
cuando desmayaba,
cuando se retorcía
arrancada del pudor humano?
Lo oculto femenino.
El cuerpo indecible.
¿Le hacías dolor?
¿Sufría tu corazón faccioso?
¿Le dabas a la boca
aliento racial, pasto,
tu verdadero nombre
de judío paralizado
por el terror?
Pero hay algo más inconfesable
que el cuerpo.

Estado de ensueño político.
Dije que entre ellos
no van a perdonarse.
Adelante, adelante.
Lengua cómica,
lengua tediosa, cívica,
tabaco caliente que baja.
Complicidad del hermano obeso.
Dice de mi padre: milico.
Es inútil. Padre.
Son frunciditos del barrio norte.
Te veo ahora temblar y sˇ.
Comprendo la humillación—n de que venimos.
Tu refinadísimo amor por el pan, la sopa.
(Norma del humilde universo. Pasolini).

¿Medio literario?
Lengua de oficio.
Hastío de la mujer de oficio
ansiosa de bienestar.
¿Alguna gracia, al menos, en el chisme?
Venganza del ofendido.
El espantado.
La fruncida indecente.
Le da miedo, pobrecita. Es natural:
aplicada como está
al teatro de la producción.
La encogida,
la bella durmiente en farsa
desciende, la bella, al duro trabajo.

El lugar donde yacen
tiene un nombre, no
tiene ninguno.
No estuvieron ahí. Algo
yace entre ellos. No
ven a través de eso.
No vieron nada
hablado con
palabras. Ninguno
despertó,
el sueño
vino a través de ellos.
 

Círculo más bajo.
Sujeto de época.
¿Tomarme por asesino?
No por horror a la sangre
porque sangre frecuento
como todos.
Debo quedar así
en cuanto hombre
dar lugar al vacío.
El loco habla una lengua pura.
 

Paralizado. No por el terror
que me hundieron. Por el otro,
el salvado.
Una gota de bilis negra
—dice la curadora—
sobre tetas sedientas.
El ser con el ser todo.
¿Y cuántos, los salvados?
Vienen, dan asco, o mejor:
tribulan. Un parloteo insípido:
amables poetas.
¿Esa lágrima negra?
Migaja bien aprendida.
Es él. Lo reconozco.
Para eso leí, gansa.
Voy al seminario.
Ni una línea, nada sobre Borges,
Macedonio.
Literatura femenina: ni hablar.
Corporación audaz:
forense.
Volvamos al veneno ahora,
los dedos esparcen, pinzan
una punta erecta.
 

Lengua, saqueo.
Desnudez empecinada:
torpeza del invierno que llama.
Y en ausencia,
tu plegaria elige el nombre
seco, libre. Shemé rabá.
Enciende el cirio
en tierra extraña.
Quieta, hambrienta,
humilde patria del odio
la vergüenza.
Camina, anda
entre débiles
con la derramada legión.
Y volvamos, volvamos al sudor negro.
Cae indiferente, sobre
el vientre severo donde habla.
La lengua empuja.
Piadosa vejez española.
Where are thou, Muse, that thou forget'st so long
to speak of that which gives thee all thy might?
 

Repugnancia, amor por la voz deshecha
en la historia. Experimento. Ah, qué larga y deshecha voz
viene en marcha como una procesión miserable de ángeles.
Diurnos. Rara cosa el ángel cuando desangra.
 

¿Un poco de sentimiento, verdad?
El führer pasa.
Prueba de dolor.
Tomemos cada voz escuchada
como encantamiento natural:
la voz perpleja
la perseguida en risa bufa
una oriental, una beatnik,
la traducción alta,
la inglesa que desconoce la lengua,
el existencialista melancólico,
el partisano,
ritmos de pobreza y caridad:
pesebres deleuzianos,
la voz molusco,
obscena, periférica,
empañada, llorona,
pero en altares del estado;
religión del curso actual del Arte,
simulación mal entendida,
espíritus de lo hondo,
del asco, siempre adelantada
a lo que llega, que es mucho.
Y santo.
¿Opinar de todo?
La voz enfática, baja,
huérfana, niña,
víctima.
¿Nada nuevo?
Nada intraducible:
en el sentido lato del término.
Severidad al reír.
Andrajosa. Pobre amor.
Alta,
resignada, sin saber nada de mí
y ese resplandor rojo en el pelo.
 

Bondad original del arte.
Todos los días, entre las dos, las siete.
Entre ellas confiesa
"¿Qué tenía yo contra lo que había?
Odio
¿Qué puede tenerse en general, pregunto,
contra lo que hay?
Blandura, cobardía,
desazón del nombre.
Voluntad de arruinar.
Falso deseo de libertad, padre.
Que las cosas hablaran su lengua.
Nunca. Silencio del cuerpo caído.
La ruina.
Amor por la banalidad iluminada.
Yo quería salvarlos.
Con más belleza,
con razonada disolución,
el cielo iba a tronar.
Religión de los días en puerta.
El buen hombre hará la buena obra
y él vendrá a devolver la tierra.
El hombre del objeto, por ejemplo,
sin saber muy bien qué, las cosas del mundo,
los hechos,
un hombre del ser cosa de la cosa,
y la imaginación que agrega además
esa ternura humana,
un acento de emociones monótonas,
el arte, la conciencia.
O él, hombre de arcillas fluviales,
líquidos, órganos en descomposición,
maquillaje popular, sexual.
¿Pero de qué está libre la voz untada
¿Por ella? Indistinta.
o muerta entre materias que la desean.
O los congregados:
el lingüista, el ávido, el gracioso.
El amante, el malo.
El que todo medita y responde.
Una porción habla de ellos. Los finos.
Un fervor por avecillas y
arcángeles del atardecer.
Anhelo de magia, padre.
Culto de reformas, emanaciones.
Demasiado, aun para la época salvaje.
Fanatismo de lo mínimo, lo elegante,
lo impune, la noche y sus trofeos.
La vida y el arte:
ah, constelación sublime de lo mismo:
desdichados serafines de rapiña, padre.
Babiecas de olimpo caprichoso.
Canalla. Ventrílocuo. Filántropo.
Apariencia cómica, epicúrea
inmediatez de la historia:
depurado vasallaje."
 

¿Sentido del gusto?
Papilas, membranas, nervios.
El objeto asalta. Encarna.
Pero volvamos, volvamos al veneno,
las obligaciones de la mañana.
Oficio matutino del kadish.
Abrigado en la manta
que se me ofrece a cambio de nada
y a la espera del momento en que decir:
Alégrense y canten de júbilo.
Lavar la camisa que lavo
es un precepto antiguo y nacido cada vez.
A la ciudad vieja llegaron los padres.
Y vieron un río nunca devorado.