ALTA EN EL CIELO
Por Carlos Bègue
-- De pronto se oyó, muy lejos, por el fondo del cielo, hacia
el Sur, un trueno que rodaba ancho como todo el firmamento.
(Ezequiel Martínez Estrada "La inundación")
Justo la peor época.
Ante lo más crudo del invierno dormir a la intemperie, y en el vórtice de una pesadilla despertar achuchados.
Bajo la lona procuraban abrigarse como gaviotas a las que el mar bravío hubiera arrojado contra la rompiente.
Por chiripa (o previsor) alguien atinó a subir la lona cuando la señorita Elfrida hubo ordenado abandonar el aula, chapoteando entre los bancos.
El iluminado fue la bestia que repetía cuarto. Ni papa de letras o cuentas. Ducho con los tarros de leche, curtido por la fajina de alzar corambre, sólo él pudo acarrear semejante peso, más oneroso que chancha preñada.
Aunque aflojase aquel diluvio les chorreaba la ropa no más
retorcerla, vueltos insidiosos la humedad y el frío. Coladores cada
par de zapatillas; quienes tenían medias debieron quitárse-las
tras los primeros estornudos. Tres días en ascuas, pichones aselados
sobre las chapas del tejado. A los primeros ramalazos del pampero contra
su trompa el vigía de turno pudo entreverla por un claro en la cerrazón.
Hoz con halo aguachento. Eso era la Luna. Su pálido resplandor y
los relámpagos bastaban, sin embar-go, para escudriñar el
campo anegado, leguas y leguas, confundido el cauce de ríos y arroyos
(también los espejos de las lagunas), piélago ondulante donde
podía adivinarse el paso de los ramajes - salvavida de culebras
y alimañas- arrastrados por la correntada, y, a tiro de escopeta
el molino de La Cautiva, ridículamente petiso con las aspas a flor
de agua.
Pensó: toda vigilancia nocturna es al cuete. Pero no
quiso porfiar con la señorita Elfrida, renuente a consentir opiniones
distintas a las suyas, si bien la procesión a ella le caminara por
dentro.
Acostados en el tramo medio del techo, sobraban casi tres metros
por lado hasta los bordes, exigua frontera entre el resguardo precario
y la corriente zaina. Nadie, ni siquiera dormido, rodaría ese trecho
yéndose a pique; menos al ser de chapa acanalada. Tampoco parecía
fácil resbalar por la leve pendiente del techo, atados todos por
la misma cadena de temor. Además, la lona cobijaba a los ocho refugiados,
otorgándoles durante el sueño cohesión de fardo. Más
vivida, la señorita Elfrida barruntaba que el vértigo es
algo mucho más peligroso que el miedo a la caída. Que el
vacío atrae y azuza el deseo de caer: basta mirar hacia abajo.
El vigía aprovechó la duermevela colectiva para
orinar en una de las canaletas libres, hacia la arboleda. Sobre ese sector
daban los fondos de la escuela y allí, tarde o temprano iban todos
durante el día, para aliviarse. Quienquiera de las chor-litas tuviese
ganas, se acuclillaba con el calzón bajo mientras las otras dos
la sostenían de los brazos para ahorrarle cualquier traspié.
Al principio hubo cierta incomodidad, pero pronto los más zafados
de los varones se hartaron de cacarear a coro: las dejaron en paz, sin
espiarlas siquiera. Para otras urgencias hasta el momento la lluvia torrencial
ayudaba a descar-gar; pero si el tiempo aclaraba... Ahí deberían
pujar fuera de borda para no hacer del techo cloaca.
Si apareciera otro bote...
Al último lo habían visto cruzar delante de sus narices la tarde anterior. Iba escupiendo gasolina, medio escorado por la carga: ternero a popa, demasiadas jaulas en la crujía y, encima, un televisor. Algo gritó el patrón, y a babor hicieron señas unas mujeres de luto, con pañoleta en la cabeza. A estribor irían los demás; hombres, de fijo, pues hacia allí se acostaba la barca barrida por las ráfagas del invierno. Acordes, los hermanos Cufré duplicaron los cortes de manga, las muecas a retaguardia del clamoreo. Con la vista fija en aquel arca de salvación, la señorita Elfrida agitó sus brazos de atlante hasta que el afor-tunado Noé devino cáscara en el horizonte. "Pronto vendrán por nosotros", mintió con fervor al darse la vuelta. Costaba creerle: sus lágrimas no eran de cocodrilo.
El vigía clausuró su bragueta; de regreso al puesto de guardia se sentó satisfecho allí donde el orillo de la lona exhibía su sello. (Luego de un incipiente torneo, con apuestas y codazos arteros, la señorita Elfrida debió prohibirles a los varones competir por el chorro más largo.) Ahora estaba seguro de triunfar contra cualquiera. Eso si salvaban el pellejo: entre dos luces creyó haber mojado a una gallareta que nadaba cerca. Pronto el relevo le permitiría despatarrarse a gusto, no obstante formársele canalones en el cuerpo al echarse sobre las chapas sin lana ni plumón debajo. Pensó también si alguna vez volvería con su abuela. ¿La correntada habría arrastrado a la vieja bruja con los cacharros llenos de ceniza de huesos y las plumas de caburé, fuente de su irresistible poder?
De ahora en más, celados los caminos, el agua abre una vía mayor que lleva a todas partes y a ninguna. La tristura del sauce ya no escurre sobre los remansos umbríos ni los juncales amojo-nan el tembladeral de los bañados. Delebles así límites y orillas, para confusión del ojo avizor agatas queda el acertijo de los montes sumergidos donde aún susurran las copas de álamos y eucaliptus. Vueltos cantos de sirena, en alas del viento acercan seguros náufragos al boscaje oculto.
Semanas atrás ni un charco se veía en leguas y leguas a la redonda. Sí potreros pelados, juncales resecos, trigos encañados y linos sin nacer, tapados por la tierra. Sobre duros terrones resbalaba la mordida del arado y, con suerte, las pastosas banquinas ofrecían el último recurso a más de un rodeo.
Noche de perros.
La señorita Elfrida roncaba boca arriba y sus silbidos
la hermanaban con la perdiz. De a ratos se estremecía, tal si un
cazador furtivo le acertase en la pechuga. Mujer de temperamento crepuscular
y humor menguado, Elfrida Villamide desbastaba sus últimos abriles
esperanzada en un supuesto traslado a algún distrito escolar vecino
a la ciudad. Que en otro tiempo se lo prometiera un caudillo juntavotos
no abatía su necesidad de creer. Entretanto, vivía sola en
los fondos de la escuela, y a esas horas la crecida debió robarle
sus pinceles y pomos de pintura. En cierto momento hasta creyó ver
el caballete boyando
en la corriente. Su sostén eran los colores; en horas menos
adversas, cuando a pie o al trote por fin partían sus pollos, se
sentía diferente y exhumaba aquellos tesoros. Verdolaga su paleta,
la inspiraba el entorno: patos y pajonales, reseros camino arriba, rancho
abandonado a la sombre de un tala. También la escuela, sin revocar,
con la bandera en mástil de ñandubay. A las claras, el aljibe
colonial era imaginario. Por prurito, además, la bandera flameaba
sin remiendos.
Ocurrido el pase podría abismarse en la penumbra de los cines, compraría zapatos de tacos altos y hasta hojearía revistas de modas que antes desdeñara. Si la fortuna le sonreía quizás hasta conociera varón querencioso o, al menos, un macho pasade-ro. Eso, eso, San Antonio bendito.
"Me zambullo y pido ayuda. Hay media legua hasta el pueblo."
Viaraza fue ésta, del mayor de los Cufré. Sobre el pucho
la maestra opinó que estaba loco. Antes de cumplir el mandado, en
caso de subsistir aún aquel caserío, quedaría ensartado
entre las púas de los alambrados, invisibles bajo la crecida. "Como
un bagre", dijo muy seria.
Apenas un apeadero, minúsculo lunar en esa vasta geografía de planicies sin límite donde la gente languidecía en rencores y codicias, Las Higueras ni siquiera figuraba en los mapas. A secas la estación, varias taperas y una que otra casa a un costado de la vía, frente a los golpones herrumbrados. Para mayor infor-tunio treinta años llevaba sin pasar el tren, condenado por cierto gobierno demasiado eficaz. Tampoco los sucesorios tentaron rehabilitar aquel ramal perdido, y así Las Higueras, venida a menos, fue pronto la cara de la desgracia.
"Ningún socorro vendrá de los hombres", profetizó durante uno de los tantos silencios la renguita Casimira mirando al cielo, los brazos en cruz. Hija única de unos chacareros polacos, la mandaban a la escuela sin suficiente abrigo, aunque protegida por medallas y escapularios. Ordinariamente en el pago les decían "los rusos", con esa imprecisión de la gente de campo sobre los lugares remotos. Enseguida prorrumpió en llanto para angustia de los demás, hasta entonces refrenados.
En la garganta les crecía una gran llaga de sed, conque
no obstante rodearlos el agua debieron arreglarse chupando la ropa mojada.
Se lamenta alguien:
-Una lata, apenas una, y nos evitábamos el mal trago.
-Caña mejor; una solita, sedal y anzuelo, contrapone otro , acosado por el hambre.-¡Qué panzada de bogas! Si hasta pejerreyes deben salir, rebasados de la laguna.
- Medio metro más de agua y los tendremos a la mano.
- Pescaríamos a lo pampa.
Quien habla así conserva la memoria ancestral. Sonríe, entornando los párpados. Esos ojos zorreros ven el mismo paisaje que enmarcó las rastrilladas ranqueles. Allá van, en tropel bajo la polvareda, orillando las grandes bandadas de flamencos que empurpuran las lagunas. Velado el sol. Estampida de avestruces entre la paja voladora. Retumbo de casos en aquel desierto mordido por los albardones. Falta poco para que las milicias nacionales corran al infiel con promesa de espigas y boyadas para los huincas más osados.
La señorita Elfrida, de nuevo en pie, contrajo el rostro con un gesto que imprime agobio y cansancio a sus comisuras. Hurgó a fondo en los bolsillos. Mero acto reflejo. Migas; para peor, húmedas. Ni al picoteo del gorrión servían. Manidas brava-tas percuten sus tímpanos: "En el granero del mundo nadie se muere de hambre".
Amanece. Con ojo avizor en el festón del horizonte bosteza primero, carraspea después. Ninguna señal promisoria. Los gallos andarán mareados en las veletas con tanto cambio de vientos. Otra vez sopla del este. "Lluvia como peste", repite interiormente el dicho de los antiguos. Se lo indica el calzón ondulante y tantos nubarrones que avanzan invictos, aciagos mensajeros prontos a extender la noche sobre el día.
Partícipe de las privaciones de todo el mundo, la señorita Elfrida se esforzaba por aliviarles tantas penurias, pobres pollos mojados. Salvarlos era su obsesión; ignorar cómo, su cruz. ¿Entretenerlos con cuentos? Necesitaría unas Mil y Una Noches campera, Si durmieran hasta que aclarase...Pero ya algunos madrugadores se despabila-ban; pronto los estirones bajo la lona despertarían a los demás. Rezar. Sólo eso quedaba. Lo decidió mientras orinaba de pie, erguida, las piernas en caballete, estrábica por querer madrugar a los mirones. El cielo nunca fue sordo a la oración de los inocentes. Un rosario completo; de yapa las letanías. Ancora de salvación. ¿Era o no ésa una de las más solemnes invocaciones a la Madre de Dios?
"No hay mejor señal de agua que cuando llueve", la saludó entre truenos el tape aindiado. Los crespones de la noche asedia-ban el día sin declinar su luto. A medida que los demás desper-taban iban sumando desilusiones, pero la más flacucha de las tres nenas -pobre zancarrona en corteza mate- estaba más rígida que oveja desgarretada, lunas muertas los ojos. Ni se mosqueó cuando la sacudieron. La señorita Elfrida se le prendió de la boca para echarle aire. Rodeada como para el velorio, tampoco oyó las avemarías, unánimes y fervientes. Hacia el postr-emo gloriapatri ya hablaba con los santos, coronada de paz y de asombro.
Más que congoja se instaló a partir de entonces el temor a ser el próximo, acaso la peor zozobra entre mortales. Nunca es demasiado tarde ni demasiado pronto para morir. Ya la señorita Elfrida no pudo controlar la situación. Harto, el más chúcaro de los Cufré se tiró al agua dispuesto a superar el frustrado arrojo de su hermano y una nueva atajada de la maestra. El alboroto, los gritos de aliento llegarían a Las Higueras, eso creyeron en su delirio. Al perderse de vista el nadador la renguita mudó la voz, ahora sepulcral:
"Cuarenta días y cuarenta noches desbordaron las fuentes
del
gran océano y se abrieron las cataratas del cielo. Y las aguas
se alzaron por encima de la tierra tras quedar sumergidas las montañas,
hasta las más altas. Pereció entonces cuanto ser corpóreo
se movía sobre ella: los pájaros, el ganado, las fieras,
todo bicho rastrero y también el hombre."
"La puta. ¿Vuelve el diluvio!", se persignó un bandido.
Dos brasas los luceros, la lechuzona chistó otra vez, tal si le avisara al propio Noé desde las alturas:
"He decidido el fin de todo mortal, ya que por su causa arde
la tierra de violencia; así pues, voy a exterminarlos con el
orbe." Un rictus de dolor la demudaba y cruzó las manos sobre el
pecho, como si le fuera a estallar. "No dejaré que se nos barra
por segunda vez de nuestro territorio", previno el heredero de los ranqueles.
"Los planos. ¡Mierda! Los planos.", gritaba Cufré vuelto un
poseso. Alarmada, la maestra lo zamarreó de un brazo. "¿Te
rayaste como tu hermano?" "No señorita. A ella le falta darnos los
planos del arca, así zafamos."
Triste desfile el de las reses a la deriva. Cientos y cientos
rumbo al mar, osario perpetuamente abierto. Carneros, ovejas y hasta algún
guanaco ayudan a enlutar la correntada. El ominoso desfile conjura toda
mejoría de los ánimos. No hay pájaros en el cielo.
Sólo desolación y un silencio que encoge las tripas. Quizás
piensen si al angelito no tocaría sumarlo al cortejo, para prevenir
la jedentera. Pero la señorita Elfrida, guardiana de la vida, también
defiende a los muertos.
La lluvia restaura brillos, repica contra el sudario húmedo
mientras entre los lodos del fondo, esas antípodas del verde, lo
muerto se pudre y gesta una lejana primavera.
Remóntase el tono de la renga. Silabea con el salmista:
"¡Quien me diera alas de paloma para volar y descansar!
Entonces
huiría muy lejos, habitaría en el desierto. Me apuraría
a en-contrar refugio contra el viento arrasador y la borrasca."
Trepida un motor en la noche prematura. De últimas, la esperanza sobrevuela ruidosa y centellante esos brazos alzados que imploran salvación. Del helicópte-ro, momentáneamente inmóvil contra los hinchados nubarrones, baja una cuerda longaza; en-ganchada en la punta trae una caja oblonga, gira como trompo, sobre la amarra de sus miradas, trecho a trecho más voluminosa hasta rozarles los dedos. Muchas manos se confunden para liberar aquel maná. Misión cumplida. Cambio. El portento volador corcovea en la cerrazón mientras se achica hacia el confín del día. "Hasta sofrenar en la luna", lo despide Cufré, atónito.
La proximidad de la comida los volverá perros cimarrones. Nadie querrá recular, ni la señorita Elfrida, acabada máquina de arrancar precintos y romper papeles. De tan ocupados, si es-tuvieran en tierra firme el puma ya habría arrastrado al angelito hasta su guarida y quién se enteraba.
Entreabierta la caja quedarán perplejos. Elfrida Villamide coronará la faena, aunque sin atreverse a desplegar al viento esa bandera celeste y blanca, de seda finísima, donde un sol fulgente parece reírsele en la jeta.
Por el fondo del cielo, desde el Sur, viene rodando un trueno, ancho como todo el firmamento.
Espada la lluvia, en ese funeral de agua.