Por José Luis Solís
“En realidad, en mi caso es cuestión de ser capaz de colocar
una trampa con la que conseguir capturar el hecho en su momento más
vital”. Francis Bacon. Reportaje de David Sylvester
Conocí a Fracis Bacon gracias a un amigo.
Anteriormente había tenido algunas noticias sobre él gracias
a un homenaje que le hiciera el suplemento cultural del diario Clarín
en ocasión de su fallecimiento. Poco tiempo después pude
conocer su pintura por algunas reproducciones sueltas. Uno de sus autorretratos
me impresionó profundamente; recuerdo que su rostro estaba grotescamente
cruzado por pinceladas gruesas que lo desfiguraban, asemejándolo
a un payaso viejo y triste. Pensé entonces que quien fuera capaz
de autorretratarse de esa manera, debía ser alguien especial. Por
otra parte, me impresionó profundamente la capacidad de su pintura
para transmitir desesperación, angustia y pena.. Era una visión
interna descarnada; el autorretrato del infierno interior. Realmente para
llegar a semejante nivel de expresividad sobre la tela había que
tener dos cualidades: una profundísima capacidad de visión
y una gran valentía. Desde ese momento intuí que Francis
Bacon no era uno más; tras esa violencia se traslucía una
realidad invisible, quizás por suerte, ya que su violencia, sin
la mediación del arte, podría resultarnos insoportable.
Con esa imagen de Bacon me quedé hasta
que la editorial Globus incluyó en su colección "Grandes
Pintores del Siglo XX" un volumen dedicado a él. Esto me permitió
observar más ampliamente el carácter de su obra, y me permite
hoy en día - por lo menos a grandes rasgos - reformularme dos o
tres cuestiones relacionadas con el arte.
Siento a la pintura de Bacon como un intento
por desenmascarar las formas ocultas de entre los rígidos códigos
del lenguaje cotidiano. Aveces se vale del hacha para poblar la tela de
sangre y carne violentada; es la imagen de la desesperación, es
el dolor de la realidad. Otras, retoma viejas formas artísticas
de las cuales extrae material vívido, añejas esencias que
brillan aun con la intensidad del diamante que nace de la roca antigua
y fosilizada. Bacon parece saber que cada individuo choca tarde o temprano
con los límites de su época, sabe también de la poca
autoridad que el artista tiene sobre su obra. En definitiva, siente que
el arte no busca lo original como concepto de objeto que nada copia de
otro preexistente, sino que su destino es resignificar: el arte es un infinito
movimiento dialéctico de resignificación, una pura resignación.
Su inquietud de artista lo lleva a retomar
obras de Van Goght y de Velázquez entre otras. En Bacon la
belleza de un cuerpo se reduce a unas escasas curvas; la violencia de una
escena se limita a unas cuantas posturas de una justeza asombrosa. Logra
así esa reducción concentrando los rasgos, adecuándolos
al lenguaje de la percepción inconsciente.
Veo en Bacon una resolución de los
rasgos de la esencia. A pesar de no haber podido acceder directamente a
las telas originales siento que él ha logrado aproximarse a los
trazos elementales como pocos lo han hecho hasta ahora. La de Bacon es
una pintura eminentemente realista, comprometida con la violencia de la
realidad que circunda al ser humano. Como en la irónica explicación
de Miguel Angel sobre su Moises; Bacon extrae de la materia lo justo, lo
que sobra, lo que separa a la obra de la luz de su existencia.
Su obra es merecedora de infinitos análisis
e interpretaciones, aquí abordaremos sólo aquellos aspectos
que más me han impresionado.
LA DISTORSIÓN
¿Para qué requerimos de la figura? Un pintor abstracto
podría afirmar que sin ella, él es capaz de expresar la esencia,
el sentimiento, el dolor y el placer, simplemente apelando a formas,
colores y texturas. Diría además, que no necesariamente debería
disponer esto sobre una tela embadurnada de óleo. Y probablemente
tenga razón; porque no es ese el punto. El punto es comprender porque
Bacon apela a la figura.
No podríamos entrar al terreno de la distorsión sin tener
algo que distorsionar; de allí la necesidad de la figura. Es a través
de esa figura convencional que la convención puede ser opacada,
rota, distorsionada, ser puesta en evidencia y en cuestión. La distorsión
tiene un límite, un limite no convencional que se constituye en
el espacio de expresión del artista. En ese espacio hay una frontera,
una frontera que de ser cruzada nos sacaría de la figura entrando
en lo incomprensible, quizás en lo abstracto o en lo inefable. Sobre
ese estrecho espacio juega Bacon su juego sangriento. De no ser así,
su intención no podría concretarse en la materia pictórica.
Mantenerse en los límites de ese estrecho espacio de la figura es
sólo la parte de un todo que excede lo pictórico y que invade
el amplio y espinoso terreno de la existencia humana.
Milan Kundera afirma que siempre reconoce al modelo en los retratos
de Bacon. Nadie puede dudar de que George Dyer es el modelo de ese monstruoso
hombre fundido con su bicicleta de 1966. Aunque esta afirmación
puede sonar tonta o de perogrullo, estamos parados ante el punto más
importante de la obra de Bacon; el cuerpo, su distorsión y el límite
del yo.
El yo se cree más allá del cuerpo, sueña sueños
de escisión, de separación. Los que experimentan distintos
estados de conciencia, desde una borrachera hasta un viaje de LSD, pueden
afirmar con mayor énfasis esta impronta del hombre, escindido en
cuerpo y alma. Pero la pregunta subsiste , ¿hasta dónde soy
mi cuerpo? ¿sólo soy mi cuerpo? Bacon hunde sus mano en la
carne en busca de esa respuesta, no como un cirujano, ni siquiera como
un anatomista; lo hace como el carnicero, con una violencia desapasionada
y profesional. Hay algo dentro del hombre, dentro de la vida que no podemos
encontrar por más que hurguemos. No es esta una cuestión
exclusiva del arte, aún persisten científicos que buscan
en las curvas cerebrales la criminalidad o la locura de los hombres. El
hombre no se resigna a su carne, que es resignarse al tiempo y a la
muerte, que es limitar la vida a fluidos, músculos, nervios y huesos.
Pero su carne lo puede, lo supera, lo acosa y lo limita. El cuerpo es nuestro
único y mejor aliado y nuestro peor enemigo; envejece, se enferma,
muere, posibilita el placer y el dolor, es la única evidencia de
la vida y el presente de nuestra existencia. Y nos traiciona con frecuencia.
Mirar una obra de Bacon es una experiencia opresiva; fuerza la figura
más allá de la convención de la percepción,
invadiendo el inconsciente del espectador, que pasa de observador
a mirón, a voyeur que espía una realidad con la ansiedad
morbosa de quien viola una intimidad o presencia una ejecución horrenda
y cruel. Las figuras se deforman y rompen, no como en la muerte sino como
en la tortura, en ese punto justo en el que el dolor no debe superar el
límite de la vida. Es como la ejecución del reo en la rueda
durante el ancien regime; sus huesos eran rotos y sus miembros vueltos
al revés. El cuerpo del desgraciado se convertía en un fantoche
de si mismo y se exponía al goce de la turba mirona. Las figuras
se distorsionan tentando los límites de la comprensión, buscando
la complicidad del espectador para reconstruirse en su horror original.
Pero nunca demasiado, siempre en el límite. De allí quizás
el uso de Bacon de la fotografía médica, del estudio de la
anatomía humana en movimiento. Una anatomía en movimiento
violento, que en Bacon es necesariamente la anatomía masculina.
La musculatura masculina es uno de los componentes principales de la
materia contra la que Bacon se enfrenta. En su pintura trabaja sobre su
figura como el escultor sobre el mármol o sobre la madera,
alternando golpes con cortes, buscando la deformación por el camino
de la veta que guía la resistencia del material. La distorsión
está limitada por una idea que permite a Bacon expresar opresión,
horror y angustia. Si se excediera, si cruzara ese límite sutil,
la distorsión no podría expresarse; como el verdugo
fracasaría en su tarea de torturar si el reo muere antes de tiempo.
Atravesaría el espejo y se haría invisible.
DELIMITACIÓN DEL ESPACIO
El espacio ocupa un lugar muy significativo en la pintura de Bacon.
Las cajas espaciales prismáticas, la insistencia en la tridimencionalidad
y los opresivos ambientes, forman su arsenal principal.
Hay una necesidad marcada de la profundidad y de los ambientes
en las pinturas de Bacon. Sus figuras distorsionadas basan gran parte de
su fuerza expresiva en la ambientación, incluso diría que
los ambientes son por sí mismo fuente de una fuerte significación.
Tomemos como ejemplo “Sangre en el suelo” de 1986 que se limita a dos planos
colocados en perspectiva aderezados con una clásica bombilla e interruptor
de luz baconianos. Este conjunto es capaz de soportar y dar fuerza a la
mancha de sangre realizada por goteo de pintura.
No temo afirmar que sin delimitación del espacio, sin
esos extraños ambientes, la pintura de Bacon sería otra cosa.
El espacio en Bacon no es mera anécdota, mero contexto, cumple un
papel muy importante.
El uso tridimensional produce una sensación de profundidad,
una invitación al espectador a ingresar en la obra. Esta profundidad
puede ser rectangular, curva o una mezcla de ambas. La necesidad de ubicar
la figura humana dentro de un ambiente nos dice a las claras que el cuerpo
humano no es tal fuera del hábitat humano. La presencia obsesiva
de las bombilla y de los interruptores de luz dan cuenta de lo contemporáneo,
y de la soledad en que viven esas almas. El espacio en Bacon permite la
puesta en escena de la distorsión de la figura humana y la puesta
entre paréntesis de la percepción humana. Nada es representado
explícitamente en los ambientes baconianos, sin embargo esos
objetos son verosímiles y funcionales a la intención de la
obra.
Transgresor en un amplio sentido, Bacon nos desesctructura con
su capacidad de ubicar lo opresivo fuera de todo prejuicio. El horror puede
tener en sus pinturas cualquier color, pude suceder a cualquier hora del
día, en cualquier parte. La distorsión no se da en aquellos
lugares esperados como el cadalso o la carnicería, puede darse en
cualquier parte y el cualquier actividad. Un hombre que se afeita
frente a un espejo, otro que escribe sobre un pupitre, otro que pasea en
bicicleta. En cualquier lugar y a cualquier hora, el hombre lleva sus miserias
a cuestas y su dolor.
Por último, el espacio en Bacon introduce al espectador
violentamente en la escena. Quizás allí esté la razón
de sus cajas prismáticas que colocan la figura en exposición.
Como en la antigüedad, el horror infligido en los cuerpos retorcidos
por la tortura es expuesto al pueblo para movilizar y revisar sus conciencias.
About...
Sin entrar en especulaciones filosóficas que me exceden largamente,
creo no equivocarme al afirmar que todo ser humano experimenta una sensación
más o menos profunda de insatisfacción ante lo dado, ante
lo explícito, ante lo consiente. Sino, no habría alcohol,
ni drogas, ni manjares, ni teatro, ni literatura; en definitiva, no habría
arte.
A diferencia de otros artistas, Bacon ha logrado dar cuenta no quizás
de una esencia, pero si de su necesidad, de que debe haber algo detrás
de lo dado. Su obra nos permite intuir ese algo más, lo que Kundera
muy acertadamente llama ese tesoro, esa pepita de oro, ese diamante oculto
que es el yo infinitamente frágil, estremeciéndose en un
cuerpo.